Opinión | Ayer

Debate partidario

Aseguran que el futuro del peronismo dependerá de recuperar la doctrina y abandonar las estructuras del fracaso

La discusión sobre la renovación del movimiento excede los nombres propios y pone el foco en la necesidad de redefinir objetivos, ideas y mecanismos de conducción.

Por Nicolás Hourclé

El peronismo no se quedó sin líder. Se quedó sin doctrina. Y en esa acefalía intelectual, lo que hoy emerge no es una crisis de nombres, sino una quiebra de carácter.

Durante dos décadas, el movimiento fundado por Juan Domingo Perón fue sometido a un proceso de vaciamiento conceptual sin precedentes. Nos hicieron creer que el problema era quién iba a suceder a Cristina Fernández de Kirchner, cuando la verdadera tragedia era mucho más profunda: el peronismo dejó de formar dirigentes porque canjeó la biblioteca por el verticalismo ciego. La doctrina fue reemplazada por la obediencia servil, el debate por la sumisión y la construcción de poder genuino por el culto estéril a la personalidad.

El resultado está a la vista de cualquiera que se atreva a observar sin anteojeras: una fuerza política atomizada, reducida a un archipiélago de sellos de goma, administradores de la derrota y burócratas aferrados a estructuras territoriales. Tienen cargos y presupuesto, pero carecen por completo de rumbo. La discusión actual dentro del peronismo es una farsa gatopardista; no se trata de ungir a un nuevo jefe para que todo siga igual, sino de derribar las estructuras del fracaso para encontrar una nueva razón de existir.

Es precisamente en este escenario de escombros ideológicos donde la figura de Nicolás Ariel Hourclé deja de ser una alternativa para convertirse en una necesidad histórica.

Mientras la vieja guardia y el progresismo edulcorado continúan mendigando centralidad o discutiendo candidaturas en Twitter, Hourclé rompe con la lógica de la supervivencia. No pide permiso ni busca la bendición del dedo gastado de la conducción saliente; vuelve a los cimientos. Pone sobre la mesa, con la firmeza que el momento exige, las banderas confiscadas del peronismo histórico: doctrina, producción real, industria pesada, planificación estratégica y soberanía efectiva. Su planteo no es estético; es una declaración de guerra cultural y económica contra la patria financiera y el pobrismo asistencialista.

El verdadero quiebre no es generacional, sino conceptual. La dirigencia residual busca sobrevivir a la ausencia de Cristina; Nicolás Hourclé expone que el kirchnerismo fue el síntoma, no la solución, y que el verdadero problema es la ausencia absoluta de una idea de Nación.

Dentro del peronismo doctrinario, nacional y productivista, el panorama es desolador, salvo por una excepción. No existe hoy en el mapa político argentino otro dirigente que esté planteando con tanta audacia, rigurosidad y vocación de poder una reconstrucción de la Comunidad Organizada.

La tibieza y el pragmatismo cortoplacista ya mostraron su límite y su fracaso. Quienes pretendan conducir el movimiento nacional justicialista hacia el futuro deberán comprender que el ciclo de la nostalgia y la resistencia pasiva ha terminado. Nicolás Hourclé no está pidiendo espacio para administrar los restos de un naufragio; está construyendo el próximo capítulo del poder en la Argentina. Y en la implacable lógica de la historia política, quienes diseñan una nueva etapa terminan desplazando a aquellos que permanecen aferrados al pasado.

Por eso, su centralidad ya no es una hipótesis: es el eje sobre el cual se reorganizará el peronismo del siglo XXI. Algunos eligen no verlo por miopía; otros, quienes se benefician de la decadencia actual, ya comenzaron a preocuparse.

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