Opinión | Ayer

Geopolítica global

El frente euroasiático: Rusia, Ucrania e Irán

El desgaste de Estados Unidos en Ucrania y Medio Oriente, el avance económico de China en América Latina y la presión creciente sobre la región configuran un nuevo escenario internacional marcado por la disputa entre potencias.

Por Nicolás Hourclé

La lectura de que Estados Unidos enfrenta límites severos en su capacidad de proyección global es acertada y se refleja en el desgaste prolongado de la guerra en Ucrania y en las tensiones crónicas con Irán en Medio Oriente.

Rusia y el desgaste en Ucrania: tras años de conflicto, la guerra continúa en una etapa de desgaste brutal. Aunque Rusia ha pagado un costo humano e industrial astronómico, superando estimaciones de un millón de bajas entre muertos y heridos, mantiene la iniciativa en el frente oriental gracias a su masa crítica y a una economía completamente orientada al aparato militar. El apoyo de Estados Unidos a Ucrania encontró fuertes límites políticos internos y presupuestarios, lo que reduce la capacidad de Washington para forzar una derrota rusa y lo obliga a administrar un escenario de negociación o congelamiento del conflicto que no favorece plenamente a Occidente.

Irán y la dispersión de recursos: en Medio Oriente, la estrategia estadounidense se volvió reactiva y basada en la disuasión de umbral, mediante fuerza selectiva y sanciones severas contra las flotas fantasma de petróleo, con el objetivo de evitar a toda costa una guerra abierta. El uso de tecnología, ataques puntuales y presión económica busca contener el eje de influencia iraní, integrado por los Hutíes y Hezbolá, aunque también evidencia que Washington ya no puede o no quiere comprometer grandes despliegues de tropas terrestres en la región.

2. El “Repliegue” hacia América Latina: la Doctrina Monroe 2.0

Más que un repliegue pasivo por debilidad, lo que se observa es un redireccionamiento forzado y agresivo de prioridades hacia su propio vecindario. Ante las amenazas sobre la seguridad y el comercio en su “patio trasero”, Washington implementa una postura mucho más unilateral y transaccional, definida por algunos analistas como la Doctrina Monroe 2.0.

Estados Unidos está dejando atrás la diplomacia de consenso regional para avanzar hacia una política basada en herramientas de presión directa, como aranceles, sanciones y acciones de seguridad, con el objetivo de obligar a los países latinoamericanos a elegir bando.

El ejemplo más radical de este giro estratégico ocurrió a comienzos de este año, con la sorpresiva operación militar estadounidense en Caracas para capturar a Nicolás Maduro, hecho que reconfiguró por completo el tablero político de Sudamérica. El objetivo central de esta postura agresiva no es solo estabilizar la región frente a las crisis migratorias o el narcotráfico, sino también cerrar el paso a las potencias rivales dentro del continente.

3. El avance de China: ¿inminente o consolidado?

El avance de China en América Latina ya no es un proyecto a futuro, sino una realidad consolidada que desafía directamente la hegemonía histórica de Estados Unidos en la región a través de tres ejes.

Infraestructura crítica: financiamiento y construcción de megaproyectos logísticos y de transporte. El megapuerto de Chancay, en Perú, es el ejemplo más claro, ya que representa una conexión directa entre el comercio sudamericano y Asia, evitando rutas controladas por Estados Unidos.

Transición energética: control de las cadenas de suministro de minerales críticos, como el litio y el cobre. Esto incluye la monopolización de inversiones en el “Triángulo del Litio” conformado por Argentina, Bolivia y Chile, recursos esenciales para la tecnología del futuro.

Comercio bilateral: sustitución de Estados Unidos como principal socio comercial de gran parte de los países sudamericanos. La compra masiva de commodities, como soja, carne y minerales, genera una fuerte dependencia económica en las capitales latinoamericanas.

El dilema latinoamericano

Este escenario deja a América Latina en medio de una Guerra Fría multidimensional. Por un lado, la presión de Estados Unidos exige subordinación ideológica y comercial en áreas tecnológicas y de seguridad, amenazando con represalias económicas o aislamiento para quienes cooperen con Beijing. Por el otro, la capacidad financiera de China ofrece inversiones y un mercado masivo que las economías locales, golpeadas por la inflación y la inestabilidad, difícilmente pueden rechazar.

La región enfrenta el desafío de abandonar la polarización política interna para construir políticas de resiliencia, diversificación y pragmatismo, intentando aprovechar la competencia entre superpotencias sin quedar atrapada en el fuego cruzado de sus sanciones.

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