Opinión | Ayer
Pobres poderosos
Gustavo Alfaro y el triunfo de los que nunca dejan de creer
La histórica victoria de Paraguay frente a Alemania volvió a poner en primer plano el liderazgo de Gustavo Alfaro y una idea de fútbol construida sobre el esfuerzo, la convicción y el compromiso colectivo.
Por Gustavo Zandonadi
Hay victorias que explican una manera de vivir. La de Paraguay sobre Alemania fue una de esas.
No ganó el equipo con mejores jugadores, ni el de mayor presupuesto, ni el que carga sobre sus espaldas cuatro Copas del Mundo y una historia monumental. Ganó un grupo de hombres que creyó que podía competir de igual a igual porque alguien logró convencerlos de que la dignidad también juega. Ese alguien es Gustavo Alfaro.
Ayer quedó demostrado que la superproducción no siempre sirve. Por supuesto que es mejor tenerla, pero con eso no alcanza para ganar un partido cuando falta fibra. Hay una receta que parece antigua, pero no falla: el sacrificio. Para entenderlo, vale la pena escuchar lo que dijo Alfaro después del partido. Tras una victoria que lo convirtió en el centro de todas las miradas del mundo, el entrenador esquivó la soberbia y demostró que su verdadera sabiduría está en la vida.
Aprovechó esos minutos de exposición para hablar de los padres. No de los suyos —eso hubiera sido robar protagonismo—, sino de quienes madrugan para llevar a un hijo a entrenar. Habló de las madres que resignan sus propios sueños para sostener los de sus chicos. Habló de las privaciones silenciosas, de los viajes interminables, de los botines heredados, de la comida que muchas veces alcanza para todos menos para quien la cocina.
En Alemania no es así, pero en estas latitudes sí. Lo que planteó Alfaro aplica para los paraguayos, los uruguayos y los argentinos. Está claro que este entrenador puso por encima de la táctica a los valores. Hablar de personas antes que de futbolistas marca una diferencia, y eso terminó reflejándose dentro de la cancha.
Entre el camino de la resignación y el de la utopía, apostó por la épica sin renunciar a la ética. Respetó al rival, pero jamás aceptó sentirse menos. Seguramente les habló a sus jugadores de Obdulio Varela, símbolo uruguayo del Maracanazo, porque su equipo tuvo una mística vareliana. Se notó con claridad, porque siempre supieron que los de afuera son de palo y nunca dejaron de creer que el partido podía ser suyo.
En la era de la inteligencia artificial, el fútbol vive enamorado de las estadísticas, de la posesión, de los mapas de calor y de los algoritmos. Todo verso. La gesta paraguaya demuestra que existen cosas imposibles de medir: el amor propio, la convicción, el compromiso con el grupo y el amor por la camiseta. Eso no aparece en ninguna estadística.
Después llegó la hora de poner la cara para explicar lo que el mundo no entendió. Y ahí apareció el mejor Alfaro, el que habla de la vida utilizando al fútbol como idioma. Su mensaje es simple: recordarles a sus jugadores de dónde vienen para que nunca olviden quiénes son.
Paraguay está en octavos de final y lo que le espera no será nada fácil. Nadie sabe hasta dónde llegará este equipo, pero lo que ganó ayer es muy valioso. Ganó la confirmación de que vale la pena hacer el esfuerzo y de que las ventajas materiales del primer mundo no siempre alcanzan para vencer a un grupo de hombres dispuestos a hacer historia.
