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Reclamos
Buenos Aires padece surtidores vacíos por una dirigencia que administra la escasez en lugar de resolverla
Las explicaciones se acumulan al mismo ritmo que las filas en las estaciones de servicio.
La imagen se vuelve familiar en Tandil y ya empieza a replicarse en Mar del Plata como un mal hábito que nadie quiere corregir. Los carteles de "sin stock" se multiplican, los automovilistas arman filas con la resignación de quien espera un colectivo que nunca llega y los empleados de las estaciones de servicio ejercen un poder que no pidieron pero que les cayó del cielo como una maldición.
-No hay GNC?
— TUGO News (@TugoNews) June 25, 2026
+Es la Argentina de Milei, pero bue, hablé con gente recién y dicen LOS DEMÁS ROBARON, estos no, Macri NO ROBÓ, Caputo endeudándonos NO ROBÓ, mientras tanto nosotros haciendo fila para cargar gas, y bueno, el pueblo va a tener q APRENDER
Hinchado las bolas este chad pic.twitter.com/xmuz6DH6hz
El racionamiento de combustible no es un fenómeno aislado ni una casualidad climática, es el resultado tangible de una dirigencia municipal que pasó más tiempo armando listas electorales y repartiendo bolsas de alimentos que asegurando el abastecimiento básico para que un país pueda moverse.
La patética coreografía se repite con idéntica torpeza en municipios gobernados por el peronismo, por el radicalismo, por el PRO o por cualquier sigla que haya logrado colar un intendente en el mapa.
Todos juegan al mismo libreto: culpar a la distribuidora, señalar a la petrolera, echarle la culpa a la Nación, al clima, a los camioneros, a la luna menguante, a cualquier factor externo que desvíe la atención del fracaso estructural que comparten como una herencia maldita. Mientras tanto el ciudadano de a pie, ese que no tiene un asesor energético ni un contacto en YPF, se convierte en el único que paga el costo de una clase política que convirtió la gestión en una eterna sesión de lamentaciones cruzadas.
Lo más grotesco es ver cómo los intendentes de distintos signos políticos se sacan fotos en los surtidores vacíos con la misma cara de preocupación que usan cuando se corta la luz o cuando falta el agua, gestos que ya forman parte del repertorio de una casta que aprendió a gobernar con la crisis como única estrategia.
Tandil no es más culpable que General Pueyrredón ni el Partido de la Costa es más víctima que cualquier pueblo del interior, todos comparten el mismo pecado original que es haber confundido la política con la administración de la escasez y la gestión con la repartija de recursos que cada vez alcanzan para menos.
La Venezuela que muchos dirigentes juraron que nunca llegaríamos no llegó en un barco ni la trajo un gobierno extranjero, llegó a paso lento mientras los municipios de todo el país miraban para otro lado y seguían gastando fortunas en inaugurar monumentos, hacer festivales y aumentar el gasto político mientras las refinerías se caían a pedazos.
El racionamiento de nafta es apenas la punta del iceberg de una economía que los intendentes de todos los colores ayudaron a construir con su indiferencia, su falta de planificación y su obsesión por la foto diaria antes que por la solución duradera. La fila en la estación de servicio es el resumen perfecto de un modelo donde todos gobiernan para su propio ombligo y ninguno para el bolsillo del vecino.
La africanización de la Argentina no es un eslogan de campaña ni una exageración opositora, es la constatación de que la clase política en su conjunto aprendió a naturalizar lo que en cualquier país serio sería un escándalo mayúsculo. Racionar nafta es el síntoma de un país que dejó de creer en el futuro y se conforma con sobrevivir al presente, y los intendentes de todos los partidos son los arquitectos de ese desastre compartido, cada uno con su cuota de responsabilidad y ninguno con la grandeza de reconocerlo.
Mientras los surtidores se secan, las explicaciones oficiales se multiplican y la paciencia de la gente se agota, el espectáculo de una dirigencia que se lava las manos en cadena es el mejor reflejo de una democracia que se parece demasiado a esas dictaduras africanas que tanto critican desde sus discursos pero que imitan con una fidelidad asombrosa.
