Opinión | 11/06
Operativos especiales
El cazador de presos que salvó su vida por ser hincha de River
El subprefecto Hugo Rascov creó un grupo dentro del Servicio Penitenciario dedicado a recapturar a prófugos. Uno de los operativos en el Monumental pareció haber fracasado, pero dio un giro a último momento
Por Luis Beldi
En 2002, el Servicio Penitenciario Bonaerense atravesaba graves problemas por la elevada corrupción dentro de la fuerza, el aumento de las fugas y el hacinamiento que había convertido a las cárceles en espacios de extrema violencia. Los guardias ya no tenían el control de los penales.
La cárcel de Olmos estaba dominada por “Los Pitufos”, que la habían transformado en un inmenso queso gruyere al perforar las paredes de celdas y pabellones para comunicarse internamente.
En la prisión de Azul, “las palmeras”, como se denominaba a las camas superpuestas, llegaron a tener ocho niveles. Quien caía dormido desde el catre más alto podía perder la vida. Hoy se conforman con dos camas y la superior suele destinarse al preso de menor cartel.
La comida era escasa y de mala calidad porque a los internos no les llegaba todo lo que se compraba.
En medio de ese escenario fue designado al frente del Área de Operaciones de la Secretaría de Información el subprefecto Hugo Rascov, el oficial que había encabezado el Grupo de Operaciones Especiales (GOE) del Servicio Penitenciario Bonaerense durante el motín de Sierra Chica.
Rascov, apodado “El Indio” por su habilidad para manejar el cuchillo comando, encontró un equipo joven y con intenciones de revertir la pésima imagen de la fuerza. De inmediato compartió su plan.
“Desde ahora ponemos todas las fichas en las recapturas. No le podemos dejar esa tarea a la policía porque los presos se nos escapan a nosotros”, les dijo.
El nuevo jefe tenía entrenamiento de comando, pero también había incorporado conocimientos informáticos para las tareas de inteligencia.
Había ingresado a la escuela de cadetes en 1979 y su primer destino fue Olmos, donde le tocó intervenir durante el motín del 3 de noviembre de 1983. El penal fue retomado a sangre y fuego y hubo dos internos muertos.
El paso más importante de su carrera llegó en 1984, cuando fue seleccionado junto a otros nueve oficiales para realizar el curso de comando en la Policía Federal. Aprendió tiro nocturno, estrategia e inteligencia, y se convirtió en un eficiente tirador táctico, denominación que reciben quienes disparan en movimiento con rapidez y precisión.
Había practicado boxeo chino a los 13 años en La Plata, su ciudad natal. Su instructor fue José María Cañón, quien se convirtió en una leyenda porque “Patricio Rey y los Redonditos de Ricota” lo mencionaron en la letra de “Masacre en el puticlub”.
Luego se perfeccionó en taekwondo. Sus compañeros bromeaban con su obsesión por recapturar fugitivos y decían que era capaz de cortarles el cuero cabelludo.
A los 22 años ya era un comando avanzado. Su apariencia podía engañar a quien intentara desafiarlo. Su baja estatura y facciones alejadas del perfil de un combatiente podían animar a cualquiera a enfrentarlo. Sin embargo, Rascov evitaba los conflictos porque conocía el daño que podía causar. Recibió desafíos callejeros de personas que se creían físicamente superiores, pero siempre optó por evitarlos. Prefería parecer temeroso antes que complicarse y complicarle la vida a otro.
Cuando llegó a su nuevo destino, el grupo ya estaba conformado. Sus integrantes eran profesionales jóvenes y capacitados. Los encargados del área informática, liderados por Pablito, podían ingresar a redes complejas para obtener información. Descifraban códigos y hallaban claves.
El personal operativo tenía formación de comando y estaba compuesto por jóvenes arriesgados. Podían sobrevivir en los lugares más inhóspitos si era necesario. Aldo y “El Viejo M” contaban con informantes en todos los niveles. Algunos delincuentes los contactaban para aportar datos a cambio de ayuda para familiares o parejas.
El nuevo jefe decidió que cinco personas permanecerían de manera constante en las calles, mientras el resto se dedicaría al análisis y procesamiento de información.
Lo primero que hizo fue modificar la apariencia de quienes trabajaban en la vía pública. Se les permitió llevar el cabello más largo, usar barba de varios días e incluso vestir ropa andrajosa cuando la situación lo exigiera.
Rascov estaba decidido a terminar con los estereotipos de la época. Quería un organismo de inteligencia que no solo controlara lo que ocurría en las cárceles, sino que también tuviera capacidad operativa en las calles.
Para obtener datos visitaban villas o realizaban tareas de entrecruzamiento de información. De manera encubierta conseguían reportes de hackers. Seguían a las visitas de los presos y registraban cualquier detalle relevante. Detectaban posibles informantes y se ganaban la confianza de vendedores ambulantes y taxistas.
Los personajes que pasaban largas horas en las veredas y los encargados de edificios también aportaban información. En las computadoras comenzaron a almacenar fechas, aniversarios y datos sobre amantes, amigos y familiares de los presos.
El Día de la Madre, Navidad o los cumpleaños resultaban momentos ideales para las capturas porque los evadidos solían visitar alguno de los domicilios registrados.
Como cada año existe un solo Día de la Madre, considerado el más sagrado para muchos presos, se seleccionaba al prófugo más peligroso porque era imposible cubrir todo el universo de sospechosos. El vínculo con la madre terminaba siendo fatal para numerosos fugitivos, que abandonaban las precauciones para saludar a la “vieja”.
Otra directiva era evitar la violencia. Cuando rodeaban a un fugitivo lo “carancheaban”, es decir, lo abordaban con una amplia superioridad numérica para que desistiera de resistirse y evitar enfrentamientos en la vía pública. Los operativos se realizaban con colaboración policial, aunque los efectivos locales eran avisados a último momento para no comprometer la misión.
Sabían que dentro de la policía no todos eran confiables. Por eso, en varias oportunidades, pasaron por encima de los comisarios. Dentro del propio Servicio Penitenciario también ocultaban información a algunos directores. Cuanta menos gente conociera sus movimientos, mejor.
Durante los días de visita, los internos se actualizaban con las noticias que les llevaban familiares, amigos o parejas. Entre los temas recurrentes aparecía la situación de quienes habían logrado escapar. En las villas siempre circulaba información sobre quienes buscaban refugio para evitar ser detenidos.
Los presos solían tener la información más reciente sobre los prófugos. Por eso constituían una fuente clave para el grupo.
Un oficial en la base reunía toda la información dispersa y la analizaba. En uno de esos cruces de datos aparecieron los nombres de parejas de prófugos que cobraban subsidios estatales por desempleo, ayuda familiar, escolaridad o embarazo. Cuando ampliaron la investigación descubrieron que varios fugitivos seguían percibiendo beneficios como jefes de hogar o desempleados.
Los especialistas en informática comenzaron a incorporar a sus bases de datos los nombres de las concubinas, fotografías, apellidos de visitantes y posteriormente el calendario de pagos junto con las sucursales del Banco de la Provincia de Buenos Aires donde se cobraban los subsidios.
Tras cruzar la información, decidieron vigilar las filas frente a los cajeros automáticos porque los beneficiarios retiraban el dinero mediante tarjetas de débito.
El resultado fue sorprendente. Más de veinte fugitivos fueron detenidos mientras hacían fila frente a los bancos. Algunos acompañaban a sus parejas a cobrar y otros seguían recibiendo subsidios que jamás les habían sido retirados pese a sus antecedentes.
La falta de intercambio de datos entre Nación y Provincia permitía que un prófugo siguiera cobrando dinero estatal.
Así descubrieron que había delincuentes cuyos ingresos provenían tanto de los robos como de los subsidios.
La fama del grupo creció rápidamente y resultó determinante en un caso que mantuvo en vilo al Gobierno nacional, al gobernador Felipe Solá y a las policías federal y bonaerense.
Patricia Nine fue secuestrada el 28 de noviembre de 2004 por una banda integrada por diez delincuentes que se desplazaban en tres vehículos y utilizaban máscaras del Hombre Araña.
La mujer, de 37 años, se dirigía apurada al colegio junto a sus dos hijas y dos sobrinas. Faltaban apenas diez minutos para el ingreso cuando fue interceptada por tres vehículos. La obligaron a descender y la trasladaron a otro automóvil. Los cuatro menores quedaron abandonados en el lugar. La escena conmocionó a la opinión pública y alimentó los reclamos por mayor seguridad.
Los medios amplificaron la noticia y el Gobierno no encontraba respuestas. Néstor Kirchner presionó a Felipe Solá para resolver el caso cuanto antes. Las encuestas reflejaban una caída en la imagen presidencial.
Al día siguiente, Eduardo Nine, padre de Patricia, recibió una llamada en la que le exigían un rescate de un millón y medio de dólares. Los secuestradores conocían su situación económica. Era propietario de un shopping, una arenera y desarrollador de un barrio privado.
La policía le impidió pagar e intervino las líneas telefónicas. El secuestro se prolongaba y la presión aumentaba.
Aunque la investigación avanzaba, la pista decisiva llegó desde el Grupo de Operaciones del Servicio Penitenciario. El equipo de Rascov recibió información proporcionada por la amante de un preso alojado en una cárcel de máxima seguridad.
La mujer exigió mejores condiciones de detención para su pareja y un empleo estable para ella. Cuando las demandas fueron transmitidas, León Arslanián, entonces ministro de Justicia de Felipe Solá, aceptó.
La informante conocía el domicilio exacto donde permanecía cautiva Patricia Nine, en la calle Gallo del partido de Moreno.
Hasta ese momento se habían desplegado más de 1.500 policías y se habían allanado 46 viviendas sin resultados positivos.
El dato aportado por el grupo fue exacto. En ese domicilio encontraron a Patricia Nine atada a una cama. Los agentes irrumpieron a sangre y fuego. El sargento Aquino se lanzó sobre la víctima para protegerla y recibió un disparo en la espalda que no le causó daños gracias al chaleco antibalas.
Uno de los secuestradores murió acribillado y otro se suicidó al grito de “no me entrego”.
La investigación avanzó y permitió detener a todos los integrantes de la organización, vinculada a unos treinta secuestros cometidos en Argentina y Paraguay. Entre las víctimas figuraba Cristian Riquelme, hermano de Juan Román Riquelme. No todos los secuestrados habían sido liberados con vida y al menos dos empresarios fueron asesinados.
La causa también permitió descubrir conexiones con sectores policiales.
En varias ocasiones el destino pareció favorecer a los cazadores de prófugos. Así lo puede confirmar Andresito, uno de los integrantes del grupo, que salvó su vida por un detalle durante la búsqueda de Miguel Ángel Vecchio, un delincuente fanático de River Plate que disparaba ante cualquier movimiento sospechoso.
Rascov y su equipo tenían información de que asistiría un domingo al estadio Monumental para alentar a River. Solía mezclarse en la tribuna alta junto a “Los Borrachos del Tablón”, la barra brava del club.
Un grupo de agentes penitenciarios y policías se ubicó en la tribuna San Martín disfrazado de simpatizantes para acercarse al núcleo de la barra, mientras Rascov y dos oficiales permanecían en la sala de monitoreo observando las pantallas de alta definición para identificarlo.
Cuando ya daban por fracasado el operativo y se preparaban para retirarse, recibieron una llamada. Vecchio había sido visto en Villa Centenario. El grupo partió de inmediato hacia el lugar y rodeó la vivienda.
El delincuente advirtió la maniobra porque, de repente, todo quedó en silencio. Subió al techo para observar mejor y descubrió a los penitenciarios. Comenzó a dispararles. La respuesta fue inmediata. Una bala lo alcanzó, rodó por el techo y cayó al suelo.
La herida era grave. El proyectil le había perforado el pecho y afectado un pulmón. Aun así, Vecchio le dijo a Andresito:
—Te tuve en la mira y te pude haber matado, pero no lo hice porque tenías puesto el gorro de River. Seré una mierda, pero tengo códigos. Yo no puedo matar a un hincha de River.
La disolución del grupo respondió a una decisión política impulsada por la presión de organismos de Derechos Humanos. Fragmentados, ya no volvieron a ser lo mismo y con el tiempo quedaron en el olvido. En tres años y medio recapturaron a 257 prófugos y evitaron que miles de personas pudieran convertirse en víctimas de esos criminales.
