Opinión | 06:00

Análisis

Los empresarios argentinos no somos todos "chorros"

La generalización no solo fue un agravio: también es una señal preocupante sobre la mirada oficial hacia quienes generamos empleo e inversión en el país.

Por Mario Koltan

En medio de un clima de creciente tensión entre el discurso político y el sector productivo, las recientes declaraciones del presidente Javier Milei que califican a quienes defienden la industria nacional como "chorros" encendieron una fuerte reacción en el ámbito empresario.

La generalización no solo fue un agravio: también es una señal preocupante sobre la mirada oficial hacia quienes generamos empleo e inversión en el país.

Lo digo desde mi lugar. Soy empresario. No nací con la vaca atada. Laburé, construí, tengo lo que tengo y hoy hay cientos de colaboradores bajo mi responsabilidad. Esos salarios no los paga el Estado: los pagamos quienes todos los días sostenemos nuestras empresas en condiciones cada vez más difíciles.

Por eso, cuando se nos descalifica de manera general, no solo se falta el respeto a trayectorias individuales, sino que se desconoce el rol central que cumplimos en la economía real. No todos somos lo mismo. No todos actuamos igual. Meter a todo el empresariado en la misma bolsa es, como mínimo, una simplificación injusta.

También preocupa otra cosa: mientras se desacredita a quienes producimos, muchas veces se mira para otro lado frente a prácticas especulativas o vínculos de poder que poco tienen que ver con generar valor real. Hay una diferencia clara entre construir y especular. Entre producir y hacer "timba".

No niego que puedan existir casos de corrupción o conductas indebidas. Como en cualquier ámbito, los hay. Pero usar esas excepciones para estigmatizar a todo un sector no solo es injusto, sino que es dañino para cualquier proyecto de país que aspire a crecer.

Además, quienes estamos del lado de la producción sabemos lo que implica sostener una empresa en la Argentina: presión impositiva, incertidumbre, cambios constantes de reglas y un contexto que muchas veces desalienta más de lo que impulsa. Aun así, seguimos apostando, invirtiendo y generando trabajo. Eso también debería ser parte de la conversación.

Y hay algo más: detrás de cada empresa hay personas. No son números. Son familias que dependen de que las cosas funcionen. Cuando se desacredita al empresariado, también se está poniendo en duda todo ese entramado humano que sostiene la actividad económica todos los días.

Lo que está en juego es más profundo: es la relación entre el Estado y quienes invertimos, producimos y damos trabajo. Sin confianza, sin reglas claras y sin respeto, es muy difícil construir desarrollo.

Por eso el reclamo no es solo por una frase. Es por el tono, por la mirada y por el rumbo. Porque sin empresas no hay empleo, sin empleo no hay consumo y sin consumo no hay crecimiento.

La discusión de fondo no es si los empresarios somos chorros. La discusión es qué país queremos construir y qué lugar ocupa el que produce en ese modelo.

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