Opinión | Ayer

Empresas familiares

Por qué las nuevas generaciones no encuentran su lugar en la empresa familiar

La directora y mentora de Estim Groups reflexionó sobre las dificultades de continuidad en las empresas familiares y planteó la necesidad de construir procesos de integración más claros para los jóvenes.

Por Jael Itzcovitch (*)

Cuando el problema parece obvio, pero no lo es

En los últimos años, hay una preocupación que aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones entre fundadores y directivos de empresas familiares: “los chicos no quieren saber nada de la empresa”. La frase se repite tanto que empieza a convertirse en un diagnóstico. Pero, como suele pasar en las empresas familiares, lo que parece evidente rara vez es simple. Cuando se analiza con más profundidad, lo que aparece no es tanto un rechazo, sino una desconexión. Y esa diferencia cambia completamente el punto de partida. No estamos necesariamente frente a una generación que no quiere continuar. Estamos frente a una generación que no logra ver con claridad cómo podría hacerlo.

Un cambio silencioso: del mandato al propósito

Durante décadas, la continuidad en la empresa familiar no se discutía. Se daba por sentada. El negocio no era una opción, sino parte del recorrido natural. El apellido y la empresa estaban profundamente entrelazados, y el sentido de responsabilidad alcanzaba para sostener el compromiso. Hoy, ese modelo dejó de ser suficiente.

Las nuevas generaciones crecieron en un contexto distinto: más opciones profesionales, mayor exposición a otras realidades, una cultura que prioriza el propósito y la realización personal, y menor tolerancia a decisiones no elegidas. Esto no implica un rechazo al negocio familiar. Implica que ya no forma parte automática de su identidad.

Hoy necesitan entender cómo ese legado puede, o no, alinearse con su proyecto de vida. Y eso redefine la lógica de continuidad.

Interés latente, pero sin dirección

Cuando se observa la evidencia, la idea de que “no quieren” empieza a perder fuerza.

El Global NextGen Survey de PwC muestra que más del 65 por ciento de los jóvenes de familias empresarias considera involucrarse en el negocio familiar.

Pero, en paralelo, más del 50 por ciento no tiene claridad sobre qué rol podría ocupar. Cerca del 40 por ciento siente que no conoce lo suficiente el negocio como para tomar una decisión. El interés está. Lo que falta es el recorrido para transformarlo en una decisión real. Y ese recorrido no suele estar construido.

El verdadero quiebre: no es desinterés, es falta de vínculo

Uno de los cambios más relevantes, y también menos visibles, es que la relación entre las nuevas generaciones y el negocio se volvió más distante. No por falta de compromiso, sino por falta de contacto real.

En muchas familias, los jóvenes no participan de conversaciones estratégicas, no comprenden cómo funciona el negocio, no conocen sus desafíos y tampoco cuentan con espacios para preguntar. Cuando llega el momento de decidir, el negocio aparece como algo externo, no como algo propio.

Una tensión poco hablada: proteger sin alejar

En muchos casos, esto no ocurre por desinterés de los padres, sino por una decisión consciente. Muchos líderes actuales fueron segunda generación. Vivieron el mandato, sintieron la presión y hoy quieren hacer algo distinto. No quieren imponer, no quieren condicionar y buscan dar libertad.

Pero ahí aparece una tensión difícil de resolver: ¿cómo no imponer sin desaparecer de la ecuación? Porque cuando el negocio deja de estar presente en la conversación, también deja de estar presente como posibilidad.

Y, muchas veces, también como deseo. No se puede elegir lo que no se conoce.

El otro lado del problema: querer decidir sin entender

Del lado de las nuevas generaciones aparece otro desafío. Se espera que definan si quieren o no formar parte del negocio sin haber atravesado un proceso real de comprensión.

Buscan claridad sin recorrido. Pero la claridad no es un punto de partida. Es un resultado. Se construye con experiencia, exposición, reflexión y conversación.

Cuando ese proceso no existe, lo que aparece no es una decisión. Es incertidumbre.

Lo que no está armado: el recorrido intermedio

En la mayoría de las empresas familiares hay dos momentos claros: la infancia, donde el negocio está presente de manera indirecta, y la adultez, donde aparece la pregunta sobre si involucrarse o no.

Pero falta algo en el medio: un proceso estructurado de acercamiento. Un espacio real de conocimiento y contacto con el negocio. Un recorrido que permita conocer la empresa gradualmente, entender sus dinámicas, explorar posibles roles, desarrollar habilidades y construir criterio.

Sin ese proceso, la decisión se vuelve abrupta y, muchas veces, difícil de sostener.

Y en algunos casos ocurre algo aún más complejo: los jóvenes son incorporados directamente en roles con expectativas concretas, sin haber tenido preparación ni contacto previo suficiente. Esto genera una doble tensión. Por un lado, quienes hoy lideran dudan de si las nuevas generaciones están preparadas. Por el otro, los jóvenes que aceptan el desafío se encuentran gestionando responsabilidades para las que todavía no tienen herramientas.

No es falta de capacidad. Es falta de proceso. Y cuando ese recorrido no existe, lo que debería ser crecimiento se transforma en inseguridad, frustración y desgaste en el vínculo familiar.

Las consecuencias de no trabajar este proceso

Cuando esto no se aborda, los resultados suelen repetirse: jóvenes que se alejan sin haber entendido el negocio, jóvenes que ingresan por presión y se frustran, familias que interpretan desinterés donde hay confusión, y decisiones que impactan directamente en la relación familiar.

Y, sobre todo, se pierde una oportunidad clave: construir continuidad desde la conciencia y no desde la inercia.

Estim Groups: trabajar donde normalmente no hay estructura

Muchas familias reconocen este desafío, pero no cuentan con el espacio ni con la metodología para abordarlo. Ahí es donde Estim Groups aporta valor. No porque defina el camino, sino porque ayuda a construirlo.

A través de grupos de pares y mentores, los jóvenes pueden escuchar experiencias similares, entender mejor su contexto, poner en palabras sus dudas, desarrollar herramientas de comunicación y construir una mirada propia sobre el legado.

El impacto es concreto: más claridad, mejores conversaciones y decisiones más sostenibles.

El problema no es la falta de interés, sino la falta de proceso

Decir que “no quieren” es quedarse en la superficie. Lo que está cambiando no es el compromiso, sino la forma en la que ese compromiso se construye.

Las nuevas generaciones no buscan escapar del legado. Buscan entenderlo, apropiárselo y decidir desde un lugar más consciente.

 

Y para que eso ocurra, hace falta algo que muchas empresas familiares todavía no tienen: un proceso claro para construir una visión compartida entre quienes hoy lideran y quienes van a continuar.

(*) directora y mentora de Estim Groups.

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