Opinión | 18:22

Multitud y debate

Colapinto y la fábrica de ídolos sin victorias

La multitud que copó Palermo para ver aljoven piloto dejó una pregunta incómoda: ¿celebran a un deportista que aún no ganó nada o se rinden ante el poder del marketing y las redes para imponer nuevas figuras?

Por Gustavo Zandonadi

La habitual tranquilidad dominical de Palermo se vio interrumpida por la presencia de 600 mil personas, según estimaciones oficiales, que se dieron cita para ver al joven Franco Colapinto en acción. Además de quienes eligieron pasar el domingo allí, algunos incluso pernoctaron para estar en primera fila, millones de argentinos "asistimos" al evento por la pantalla del televisor o a través de los videos que proporcionaron las redes en dosis homeopáticas.

El evento se convirtió en algo parecido a lo que fueron Bailando por un Sueño o Gran Hermano en sus años de esplendor: algo que se impone y que, queramos o no, todos estamos condenados a saber de qué se trata, aunque el hecho en sí mismo nos parezca absolutamente intrascendente, innecesario y lo suficientemente irrelevante como para dejarlo en el último lugar de prioridades para un domingo.

Sin embargo, es indudable que los organizadores encontraron un fenómeno que atrae a una masa más que interesante, una convocatoria que cualquier político en campaña daría lo que fuera por reunir en un acto o en una caravana. Sí, cualquier presidenciable en redes presume de eso y mucho más, pero esas 600 mil personas que estuvieron ahí son reales. Contantes y sonantes, de existencia concreta. Nada mal para un automovilista carismático que todavía no pudo, no supo o no quiso demostrar nada.

Y acá es donde aparecen algunas preguntas incómodas, pero necesarias: ¿por qué los argentinos, amantes del éxito, eligen seguir a un deportista que no ganó nada? No hace falta recordar que buena parte de la población de nuestro país es fierrera. Entonces, con más razón, en la patria de Juan Manuel Fangio y de Carlos Reutemann, ¿hay lugar para un piloto sin pergaminos? Parece que sí, que lo de Colapinto se trata de un caso que celebra a un deportista que llegó a la máxima categoría, pero que aún no conoció el éxito.

Siempre es bueno practicar el ejercicio de la sana memoria. En 1978 la Selección Argentina de Fútbol ganó el Campeonato Mundial y la gente inundó las calles del país. La escena se repitió en 1986 y en 2022. También pasó en 1990 y en 2014, cuando la Albiceleste alcanzó el subcampeonato. En el boxeo ocurrió lo mismo cada vez que un argentino conquistó el título mundial de su categoría.

¿Alguien sabe cuánta gente fue a recibir a los jugadores que quedaron afuera en primera ronda en la Copa Mundial de la FIFA Corea-Japón 2002? No, y tampoco importa. Pero hay una diferencia: la selección de Marcelo Bielsa no tenía redes sociales y el marketing terminó cuando perdió. Tal vez ahí esté la respuesta sobre por qué 600 mil personas recibieron en triunfo a un conductor que rara vez puede terminar una carrera, o que es noticia por salirse de pista y chocar, o por referirse, en forma lamentable, al país vecino como "la provincia de Uruguay".

Redes y marketing: eso es más que suficiente para construir un ídolo que no existe. Eso, sumado a una población que dedica más tiempo al entretenimiento vacío que a la cultura, es la receta perfecta para imponer cualquier cosa. Marcas, cantantes, ídolos deportivos y hasta presidentes deben su consagración al algoritmo, aunque sea poco y de mala calidad lo que tengan para ofrecer.

Sin embargo, hay una luz de esperanza: mientras 600 mil almas fueron a aplaudir a un joven que hizo piruetas en un auto, mucha gente sigue eligiendo la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Mientras haya argentinos que, en estas épocas de una insoportable levedad del ser, encuentren en la cultura un refugio, significa que no todo está perdido.

COMENTARIOS