Política | 06:39
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El espejo incómodo: los paralelismos entre el canadiense Rob Ford y Javier Milei
Del discurso antisistema a la política convertida en show, las similitudes entre ambos liderazgos exponen los riesgos de una gestión basada en la confrontación permanente y el debilitamiento de las reglas institucionales.
En tiempos donde la política parece desplazarse cada vez más hacia el terreno del espectáculo, la comparación entre el ex alcalde de Toronto (Canadá), Rob Ford, y el actual presidente argentino, Javier Milei, deja al descubierto similitudes que invitan a una reflexión incómoda.
No se trata de equiparar trayectorias ni contextos, sino de observar patrones que, repetidos en distintas geografías, revelan una forma de ejercer el poder basada más en la confrontación que en la institucionalidad.
Ford irrumpió en la escena política canadiense con un discurso antiestablishment, prometiendo recortar el gasto público y enfrentando a las élites políticas y mediáticas de su ciudad.
Milei, años después y en un contexto completamente distinto, construiría su figura bajo una lógica similar: la denuncia permanente contra "la casta" y la promesa de achicar el Estado como solución a todos los males. En ambos casos, el mensaje encontró eco en sectores desencantados, cansados de la política tradicional y permeables a discursos simplificadores.
Pero el punto de contacto más evidente no está solo en lo que dicen, sino en cómo lo dicen. Tanto Ford como Milei han hecho de la agresividad verbal un recurso político. El tono confrontativo, las descalificaciones públicas y la búsqueda constante de impacto mediático se convierten en herramientas centrales de construcción de poder. La moderación, en este esquema, no suma: resta visibilidad.
Ese estilo no es inocuo. En Toronto, la gestión de Ford quedó atravesada por escándalos que incluyeron consumo de drogas y comportamientos erráticos, lo que derivó en la pérdida de buena parte de sus facultades como alcalde.
Sin llegar a ese extremo, la dinámica política que encarna Milei también tensiona los límites institucionales, con enfrentamientos constantes con sectores de la oposición, el periodismo y hasta aliados circunstanciales.
Otro elemento en común es la relación con sus bases de apoyo. Tanto Ford como Milei lograron consolidar núcleos duros de seguidores que sostienen su figura incluso en momentos de crisis o controversia. Se trata de liderazgos personalistas, donde la adhesión se dirige más a la persona que al proyecto político en sí. Esta lógica, si bien efectiva en términos electorales, suele debilitar los mecanismos de control y equilibrio propios de una democracia saludable.
La política convertida en espectáculo es quizás el rasgo más preocupante de este paralelismo. La necesidad de generar impacto permanente, de dominar la agenda a través de la polémica, termina desplazando el debate de fondo sobre políticas públicas. En ese escenario, las formas se imponen sobre el contenido y la gestión queda relegada a un segundo plano.
Claro que existen diferencias sustanciales. Ford fue un dirigente municipal, con un margen de acción limitado, mientras que Milei ocupa la presidencia de un país atravesado por una profunda crisis económica y social. Sin embargo, lejos de atenuar la comparación, esa diferencia la vuelve más inquietante: los mismos rasgos que en un nivel local generaron caos institucional, hoy se proyectan a escala nacional en Argentina.
El caso de Rob Ford funciona, en este sentido, como una advertencia. No por una equivalencia directa, sino por lo que representa: un modelo de liderazgo que, bajo la promesa de romper con lo establecido, termina muchas veces erosionando las bases mismas de la institucionalidad que dice combatir. La pregunta, entonces, no es si Milei es Ford, sino cuánto de esa lógica puede replicarse (y con qué consecuencias) en el escenario argentino.
