Opinión | 17:12
Pertenecer tiene privilegios
La casta éramos nosotros
Mientras el Gobierno exige sacrificios a la sociedad, los salarios del poder se duplican.
Por Gustavo Zandonadi
En "América Latina ahora o nunca", el teniente general Juan Domingo Perón dijo algo que, a pesar de lo simple de su enunciado, es una de esas frases que suenan con fuerza y se mantienen vigentes sin perder sentido. El líder justicialista escribió que "el hombre suele decir un millón de mentiras sin percatarse de que no puede convertirlas en realidad". El general, al igual que Diego Maradona, tenía un talento extraordinario para acuñar frases inmortales. Esas oraciones -molestas y malditas para algunos, grandiosas para otros- le aseguraron un lugar de privilegio en la historia argentina. Pese a que murió hace más de medio siglo, su palabra vive en la memoria de quienes lo leyeron y su voz suena con mucha fuerza gracias a la magia de YouTube.
¿Qué diría Perón si fuera testigo, como lo somos quienes vivimos en esta época, del gobierno de Javier Milei? Aunque parezca mentira, Perón habló y escribió mucho sobre Milei. Si usted, amigo lector, estuviera compartiendo conmigo una mesa de café, podría reaccionar a esto que le digo de dos maneras: estallando en risas o pidiendo que le cuente un poco más, porque todos sabemos que Perón no tenía un Delorean para viajar en el tiempo. La respuesta es muy sencilla: Milei no inventó nada, simplemente repite, con los límites que impone una democracia consolidada, viejas recetas, prejuicios y antinomias que tanto daño le hicieron al país en el pasado.
Así y todo, a este hombre hay que reconocerle un mérito: mostrarse jovial y fanático de las redes sociales, lo cual le permitió llegar a los jóvenes con dos ideas atractivas: cobrar en dólares y ser libres. Ese acierto suyo, mejor dicho, del cerebro de su campaña, lo ubicó en el lugar que ocupa hoy, pero hay una pequeña trampa y en eso se puede trazar un paralelo con la ropa. Si uno mira una película en el canal Volver con una persona que entiende de moda, esta le diría que la vestimenta de tal o cual personaje se usa en la actualidad. Con la política pasa lo mismo: lo viejo adquiere nuevas formas, pero en esencia todo es igual y vuelve reciclado.
Es por eso que no sorprenden algunas decisiones, que no necesitan interpretación porque se explican solas. En un país donde el salario promedio apenas araña el millón de pesos, el gobierno que venía a terminar con los privilegios de la casta decidió otorgar aumentos de hasta el 123 por ciento a ministros, secretarios y subsecretarios en apenas unos meses. Cualquier sindicato que quiera conseguir un aumento para sus trabajadores tiene que negociar. ¿El gobierno con quién negocia? Con nadie. En un país en el que los trabajadores toman colectivos que no cubren la totalidad del servicio por problemas con el gasoil, para llegar a empleos que pagan sueldos de miseria, los ministros reciben incrementos de más del 100 por ciento.
Es cierto que los sueldos estaban congelados, pero también es cierto que el presidente dijo hasta el cansancio que "no hay plata" y que "el ajuste lo paga la casta". El problema no es político. El problema es que el gobierno se ríe en la cara de los argentinos. El mismo Gobierno que fija techos salariales pisó paritarias durante más de dos años. El combo del desastre libertario ofrece DNU 70, Ley Bases y reforma laboral antiobrera. ¿Qué más se puede pedir? Se podría exigir, para empezar, que los ministros no ganen 8 millones de pesos mientras los jubilados se mueren sin poder comprar la medicación. ¿Hay algo más inmoral que la abundancia de los funcionarios en medio de la miseria de los ciudadanos?
El mileísmo construyó su legitimidad sobre promesas que no cumplió. Eso explica las encuestas que empiezan a mostrar rechazo a la gestión de un hombre que vive en su propio mundo sin que le importe el sufrimiento ajeno, en parte provocado por él. Mientras los argentinos padecen que ese individuo haga estallar todo por el aire, el canalla de Adorni se compra departamentos sin poder explicar de dónde sacó la plata. Antes de que eso se esclarezca, fue el turno de la estafa LIBRA y del 3 por ciento de la "Alta Coimera". Son demasiadas sospechas para tan poco tiempo de gestión, para un presidente que aspira a la reelección. Las mentiras se exhiben y la pobreza se pasea por las calles sin esconderse.
La política salarial es, siempre y para todo gobierno, una declaración de principios. Los gobiernos populares tienen bien claro cuál es el rumbo en ese sentido y no dejan lugar a dudas. Por el contrario, esta gestión tomó partido por el poder real. En este punto cabe una pregunta que deberían hacerse quienes lo votaron: ¿qué esperaban de una administración que incluye en su elenco a Federico Sturzenegger, Patricia Bullrich y Luis Caputo y, además, es apoyada, de a ratos, por Mauricio Macri?
