Opinión | Ayer

Análisis

La comunicación cobarde: hoy una llamada telefónica se vive como una agresión

Hay algo roto en nosotros.

Por Sergio Candelo

Pagamos 2 mil dólares por un iPhone 17 para usarlo como un walkie-talkie de juguete: hablamos sin que nadie nos responda. Rechazamos llamadas como si fueran órdenes de captura, pero grabamos monólogos de ocho minutos. Esto no es un problema tecnológico. Es un problema humano.

Hay algo roto en nosotros. No es el teléfono ni la app, tampoco la señal o el 5G. Es algo más incómodo de admitir. Hoy, una llamada telefónica se vive como una agresión. Ver el nombre de alguien en la pantalla genera ansiedad inmediata: "¿Qué querrá?", "¿por qué no mandó mensaje antes?".

Sin embargo, ese mismo humano que evita la llamada se sienta minutos después a grabar un audio eterno, sin preguntarse si el otro tiene tiempo, ganas o energía para escucharlo.

No es contradicción, es elección

Hace 20 años odiábamos a los usuarios de Nextel. Invadían restaurantes y colectivos con su "¿dónde estás?", y simbolizaban todo lo que estaba mal: la falta de respeto y la invasión del espacio ajeno. Juramos que nunca seríamos así. Mentimos.

Hoy caminamos por la calle grabando audios, exponiendo nuestra vida privada en público. La diferencia es estética: ahora el dispositivo cuesta 2 mil dólares y lo llamamos "estar conectados".

Pero hay algo peor. El usuario de Nextel necesitaba que el otro estuviera del otro lado en ese mismo instante. Había sincronía, presencia, incomodidad compartida. El audio eliminó incluso eso. Es comunicación sin riesgo, vínculo sin consecuencias, intimidad en diferido. El triunfo del monólogo sobre el diálogo.

Una llamada obliga a existir en el mismo momento. A improvisar, reaccionar, mostrarse sin edición. No hay borrador ni botón de pausa. Por eso la evitamos. El audio, en cambio, ofrece control total: grabar, borrar, pulir, simular espontaneidad. La ilusión perfecta de cercanía sin exposición real.

Después nos quejamos de la soledad y de que "nadie se comunica", sin notar que construimos ese aislamiento mensaje por mensaje.

En Argentina el fenómeno se potencia. Somos expertos en hablar sin resolver, en decir todo sin bancar nada. El audio de WhatsApp se volvió nuestro idioma oficial: para confirmar un horario, contar un drama o explicar el mundo. Y cuando el audio es ajeno, lo escuchamos en 2x mientras hacemos otra cosa, como si el otro fuera ruido de fondo.

No estamos cambiando cómo nos comunicamos, sino qué entendemos por comunicación. Antes era encuentro; ahora es transacción. Antes era riesgo compartido; ahora es performance unilateral. Estamos criando personas capaces de hablar frente a cien desconocidos, pero paralizadas ante una llamada de alguien cercano.

No es que no sepamos comunicarnos. Es que elegimos no hacerlo. Porque comunicarse de verdad implica estar disponible para el otro, ceder protagonismo y aceptar la incomodidad de lo real.

Si mañana se cae WhatsApp... ¿Cuántos levantarían el teléfono? ¿Cuántos podrían sostener una conversación sin edición ni excusas?

Pagamos 2 mil dólares por un dispositivo con más poder de procesamiento que toda la NASA en 1969 para evitar exactamente lo que el teléfono fue creado para hacer: escuchar a otro ser humano en tiempo real. El iPhone tiene inteligencia artificial y tres cámaras; el Nokia 1100 tenía linterna. Al menos con la linterna encontrabas las llaves. Con el audio largo de tu tía, solo perdés la paciencia y la ilusión de que esto es progreso.

Postdata: Si llegaste hasta acá sin saltear párrafos, felicitaciones. Todavía podés prestar atención sin acelerar. Levantá el teléfono. Llamá a alguien. Demostrá que todavía podés.

COMENTARIOS