Opinión | 16:46

Debate en la militancia

Movimiento, Partido y Secta: tres cosas que no son lo mismo

En las reuniones y en los grupos de WhatsApp se confunden como si fueran sinónimos, pero cumplen funciones muy distintas. Qué es cada uno, por qué la secta divide y cómo recuperar un espacio abierto y con futuro.

Por Ariel Layera

Se usan como equivalentes, pero no lo son en absoluto. En la reunión de la unidad básica o en el grupo de WhatsApp se mezclan como si fueran sinónimos, y después nadie entiende por qué las cosas no andan. Si no distinguimos con claridad qué es cada uno, terminamos discutiendo por las formas y perdiendo de vista el fondo, que es lo único que importa cuando el objetivo es transformar la realidad.

El Movimiento es lo más grande: la gente, el pueblo ordenado detrás de una idea común que le da sentido a todo. No se agota en unos comicios ni depende de una lista o de un cargo. Se trata del proyecto de fondo, ese que continúa aunque se pierda una votación y cambien los nombres. Representa una forma de ver el país, de entender la justicia, el trabajo y la comunidad organizada. Por eso no puede encerrarse en una oficina ni en un sello: habita en la calle, en el sindicato, en el barrio. Cuando está vivo, se nota: hay mística, entusiasmo y debate. Las personas se acercan porque sienten que allí encuentran un lugar para construir, no solo para obedecer.

El Partido es otra cosa. Se trata de la herramienta, la estructura que se arma para competir, presentarse y dar la pelea cotidiana. Es útil, nadie lo discute, pero no deja de ser un instrumento. Funciona como el brazo electoral: ordena las candidaturas, junta los votos y ocupa las bancas en el Concejo, la Legislatura y el Congreso. Sin él cuesta mucho ganar elecciones y, sin triunfos en las urnas, gobernar resulta muy complicado. El problema aparece cuando ese medio se la cree y pretende mandar por encima del proyecto. Si lo único que importa es quién entra en la lista, el Movimiento se achica. El Partido tiene que ser el vehículo, no el dueño del auto.

Y después está la secta, la parte fea. Es el grupito hermético que se cree dueño de la verdad, expulsa al que piensa distinto y pone su rosquita por encima del conjunto. No suma, resta. No une, divide. No discute ideas, cuida privilegios. Su mecanismo es siempre idéntico. Primero se cierra sobre sí misma. Luego inventa un enemigo interno como excusa para purgar. Más tarde se queda hablando sola, convencida de que el resto está equivocado. Mientras tanto, afuera, la gente se aleja, porque nadie quiere militar en un espacio donde te echan si levantás la mano para hacer una pregunta incómoda. Así, no forma cuadros, sino obsecuentes; no genera conducción, sino temor. Y el miedo nunca construye nada que perdure.

Como explicaba Juan Perón en Conducción política, hay que saber distinguir: el Movimiento contiene, el Partido ejecuta y la secta enferma. El primero es amplio: en él cabe quien está desde siempre y también quien llega de otro lado, pero comparte la misma idea de país. El segundo debe traducir esa visión en votos, leyes y gestión. La última, en cambio, intoxica al convertir la lealtad en obediencia ciega y la discusión en traición.

Si un espacio se cierra, deja de escuchar y queda en manos de pocos, ya no es Movimiento ni Partido: es secta. Se advierte en las reuniones donde resulta imposible disentir, en las listas armadas entre cuatro paredes sin consultar a nadie y en los compañeros que se van callados porque se cansaron. Esa deriva no avisa: llega despacito, con la excusa de la pureza. Y cuando te querés dar cuenta, el lugar quedó chiquito, sin aire, sin gente nueva.

La salida es retomar lo simple: abrir de nuevo las puertas, escuchar, discutir sin miedo y entender que el compañero que piensa distinto no es un enemigo. Hay que volver a poner al Movimiento por encima del Partido y a este, a su vez, sobre la secta, y recuperar la militancia con alegría, con ganas de sumar y no de rajar a nadie. Porque la política, cuando es auténtica, consiste en eso: reunir voluntades para un proyecto común. Si nos quedamos con un grupito de iluminados que se felicitan entre ellos, podemos ganar una interna, pero vamos a perder lo más importante: la confianza de la gente.

Toda secta, tarde o temprano, termina traicionando la misma idea que dice defender. Porque aquella propuesta era grande, pensada para todos, destinada a construir una comunidad organizada donde nadie se salve solo. Este tipo de grupo la achica y la reduce a unos pocos. Por eso hay que decirlo con claridad: Movimiento sí, Partido sí, secta no. Si cuidamos eso, tenemos futuro.

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