Opinión | 17:55
Análisis
Vienen por todo: el remate de la Patria entre la demencia libertaria y la decadencia kirchnerista
¡Una visión diferente!
Por Nicolás Hourclé
“No venga a pagarme el campo con ojos de forastero, porque no es como aparenta, sino como yo lo siento, su cinto no tiene plata ni para pagar los recuerdos...”, cantaba José Larralde. Hoy, esos versos suenan a advertencia ignorada frente a una dirigencia que ha decidido poner a la Argentina en el mostrador de liquidación.
En su ilimitado y psicopático intento de sustituir a la política (el espacio que debe velar por el destino de todos) por el frío negocio corporativo, el egoísmo ha impuesto la desmesura. El poder económico no se conforma con la rentabilidad; va por el poder absoluto, y hoy ha encontrado a su marioneta perfecta.
El entreguismo de un presidente desquiciado
La Ley de Tierras es el certificado de defunción de la Patria. Si tantas vidas se entregaron en Malvinas y en cada una de nuestras batallas históricas por conservar el territorio, permitir su venta indiscriminada es aceptar, con pasividad de esclavos, la disolución de nuestra identidad.
Javier Milei no es un estadista, es un vasallo. A través de su figura, vemos el intento más burdo de organizar a la Argentina como un enclave periférico, un país fracasado y servil a los intereses de Estados Unidos y de magnates extranjeros.
Javier Milei genera vergüenza ajena en el plano internacional. Sus relaciones con mandatarios de países como Brasil y España marcan una crisis diplomática sin precedentes, donde la limitación mental, la grosería y, lisa y llanamente, la demencia, han reemplazado a la política exterior. Atacar a estadistas vecinos por puro fanatismo tuitero o por envidia hacia burguesías nacionales que sí aman a sus países, revela a un presidente inescrupuloso y desconectado de la realidad.
Para los que tenemos memoria, los golpes militares reiteraron históricamente este mismo deseo perverso que hoy advertimos nítidamente en Milei: la idea de que la democracia es un estorbo, un "riesgo populista" que incomoda a los mercados. Es la misma ultraderecha deshumanizada de siempre, dispuesta a sacrificar a millones de seres humanos en el altar del superávit fiscal.
El kirchnerismo: los arquitectos del desastre
Pero esta heredad que disuelve a la patria no nació de un repollo. Comenzó con la traición menemista y se perfeccionó con la estafa monumental del kirchnerismo. Todos los países de la región que dejaron de ser patria se lo deben a la imposición de los intereses individuales sobre el destino colectivo. Y en esto, el progresismo de cartón tiene las manos manchadas de indignidad.
Milei es el hijo no deseado, pero directo, del fracaso estrepitoso del modelo kirchnerista. Durante dos décadas, parasitaron el Estado disfrazando el saqueo sistemático detrás de una falsa épica de derechos. El uso del poder colectivo para el enriquecimiento personal (lo que frívolamente solemos resumir como "corrupción") destruyó la vida y las esperanzas de los argentinos. Fueron ellos quienes vaciaron el significado de la política, dejando una sociedad exhausta, pobre y resentida, lista para abrazar a cualquier verdugo que prometiera un cambio.
Hoy, la oposición peronista es un espectáculo patético. Se refugian en sus propias fracturas internas, mientras figuras como Cristina Fernándeez de Kirchner, cegadas por el egocentrismo y la impotencia política, prefieren destruir las ruinas de su propio movimiento antes que ceder el control. No hay grandeza, no hay autocrítica, solo la voluntad enfermiza de no soltar sus privilegios, incluso cuando lo único que generan es daño continuo.
El saqueo final
Incluso los comunicadores oficialistas se desviven hoy por denunciar la evidente y repulsiva corrupción en entidades como la AFA. Pero no nos engañemos: no lo hacen por una vocación de transparencia republicana. Lo hacen empujados por una desesperación enfermiza por privatizar y apropiarse de todo lo que ofrezca rentabilidad. Es la misma voluntad irrefrenable que los devora desde los noventa.
Estamos atrapados entre un oficialismo libertario que detesta a su propio país y busca rematarlo al mejor postor, y un kirchnerismo residual, corrupto y decadente, que debería tener la decencia histórica de retirarse a tiempo. La esperanza se disipa en el horizonte ante una clase dirigente vaciada de patriotismo, donde la grandeza brilla por su absoluta ausencia.
