Opinión | 12/12/25

Análisis

Conservadores amigos de la libertad y del progreso

En esencia y en el sentido literal, conservador es aquel que tiende a mantener las estructuras sociales, políticas y económicas establecidas, oponiéndose a cambios radicales.

Por Alberto Asseff

Así como ser liberal en Estados Unidos se emparenta con pararse en la izquierda del arco político en contraste con nuestro país, donde esa misma postura y mirada ubica a quienes abrazan la categoría política en el centro o la derecha, conservador es hoy un nombre que ofrece abundantes connotaciones, algunas realmente sorprendentes.

En la notoria atipicidad de la política argentina (¿En qué parte del mundo se registra la existencia de un partido como el peronista cuya ideología es el poder, que cobija a toda la gama de las posturas, aunque con un denominador común, el dominio del arte de la demagogia?) conservador es amigo natural de la libertad y del progreso.

En esencia y en el sentido literal, conservador es aquel que tiende a mantener las estructuras sociales, políticas y económicas establecidas, oponiéndose a cambios radicales. Defiende las mutaciones graduales, huyendo casi con espanto de las transformaciones rápidas. Ciertamente sus aliados más fieles son el orden y la autoridad.

Salvo esto último, los conservadores coetáneos, en nuestro país, nada tienen ni quieren tener vínculos con lo establecido, en ninguno de los planos apuntados. Les horrorizan las actuales estructuras sociales, políticas (incluyendo el Estado grande, pero disfuncional) y económicas. Por arcaicas, desvencijadas, parasitarias y demás descalificaciones que sobradamente ameritan.

Los conservadores de hace un siglo y medio abrieron el país (siguiendo la manda de la Constitución) a la inmigración, al punto que en el censo de 1914 las ciudades de Buenos Aires y Rosario eran habitadas por el 60 por ciento de extranjeros.

¿Existe un cambio más intenso que el que implicaba el desafío de asimilar a migrantes portadores de culturas distintas y polivalentes formaciones históricas y religiosas?

La Primera Guerra nos compelió a preindustrializarnos, produciéndose así una transformación socioeconómica irrefutable. La universidad hizo lo suyo para hacer realidad lo que genialmente retrató nuestro rioplatense Florencio Sánchez en Mi Hijo el doctor.

Hijos de inmigrantes como también de trabajadores criollos experimentaron mucho antes de 1945 la bien llamada movilidad social ascendente. Emergió la clase media. Además, si algo se caracterizó por transformar radicalmente al país fue la Generación del Ochenta bajo el señero liderazgo de Roca, un conservador que cambió las estructuras en casi todos los aspectos, incluyendo (más allá de las disidencias domésticas) el voto secreto y universal, trascendental modificación. El Estado fue creado por esa Generación.

Dejemos la atrapante historia ("maestra de la vida", como escribió Cicerón) para adentrarnos en los conservadores de hogaño. Si desmenuzamos sus ideas, sus planteos, sus críticas, sus propuestas, nos encontramos con la antítesis de la definición de que adhieren a la preservación de lo establecido. La peculiaridad sobresaliente del conservador contemporáneo es su disconformidad con prácticamente todo lo que está dado.

Pretende cambios radicales, estructurales sustantivos, sin que área alguna del Estado, de la sociedad y de la economía esté al margen de sus objetivos reformistas. Si profundizamos, al conservador le irrita, inopinadamente mucho más que a los demagogos populistas y a los izquierdistas, el alarmante empobrecimiento general de la Argentina paralelo con su sostenido proceso de decadencia. A los populistas la pobreza les rinde en votos y acólitos. A la izquierda le refuerza su apuesta por la meta de "cuanto peor, mejor".

Al conservador este escenario lo hipersensibiliza. Lo moviliza para acelerar los cambios a fondo. Distante de la crueldad que se le enrostra, el conservador no puede creer que hayamos descendido a este oscuro pozo de nuestra historia. El populismo y la izquierda, en contraste, están gozosos, en su salsa. Ellos dependen para sobrevivir y tener perspectivas de que el cuadro se agrave. Por eso colocan todas sus energías en que nada cambie, troque o mute de verdad.

Se les puede demostrar que gastamos en salud, educación, seguridad y justicia igual o más porcentualmente que los países más avanzados, pero que nuestros resultados se asemejan a los de Estados fallidos o más marginales y atrasados. No pestañean. Están arropados de amianto para resistir probanzas, razonamientos o argumentos. Si se prepara una reforma en cualquier asunto, ya están prontos y prestos para movilizarse desafiantemente para obstruirla.

Nadie sensatamente (la sensatez está cobrando volumen en la Argentina, quizás configurando la transformación cultural más significativa por sus derivaciones positivas) puede oponerse a que se den las condiciones para generar más actividad y empleo registrado, cubierto por todas las "conquistas sociales" (hoy el 45 por ciento, con su trabajo no registrado, no accede a esas "conquistas").

Sin embargo, emergen legisladores, algunos gobernadores, incluyendo a uno que alardea de economista, pero que solo estudió con apuntes fotocopiados, sindicalistas, dirigentes políticos que se erigen en adalides del sistema establecido, eso que define la esencia del conservador. No les interesa la flagrante contradicción. Oídos sordos a las vastas disconformidades que se desparraman por todo el país. No logran detectar la causa medular de ese inmenso descontento y hasta decepción que no es otro que lo que está establecido. Y que sí o sí hay que cambiar.

Bartolomé Mitre y Leandro Alem, entre otros muchos protagonistas, dieron vida a la Unión Cívica el 13 de abril de 1890.

Un largo año después Leandro Alem, en disidencia con los gradualistas de entonces, sostuvo que debían introducirse cambios "radicales". Así surgió la Unión Cívica Radical (UCR). Paradojalmente o como consecuencia de lo experimentado en los 134 años transcurridos desde aquel acontecimiento, el conservador de hoy también es radical en el sentido de la estricta literalidad del significado político de ese vocablo.

La novedad destacable hoy es que ser conservador en nuestros días ya no sonroja a quien lo es ni espanta a sus conciudadanos. Porque ser conservador, además del amor a la tradición, a la identidad heredada, a la fe religiosa, a los valores morales, a la libertad, a las instituciones republicanas, es una convicción enérgica de que la Argentina necesita correcciones hondísimas y estructurales para retomar el rumbo del progreso.

Como estaba en 2023 (y sigue estando en varios planos), esa Argentina no va más. Y si se empecina en no cambiar o en no ser eficaz para hacerlo, el horizonte sobresalta por los pronósticos turbulentos.

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