Espectáculos | 19:51

Trayectoria artística

Emmanuel Lover impulsa experiencias participativas y apuesta al Ritmo con Señas como herramienta de transformación social

Desde talleres participativos hasta proyectos corales e instrumentales, el artista trabaja en la construcción de redes culturales donde la creatividad y el encuentro ocupen un lugar central.

El músico, pianista, docente y director coral Emmanuel Lover atraviesa una etapa de crecimiento profesional marcada por la combinación de distintas facetas de su trabajo artístico. En diálogo con NOVA, habló sobre sus inicios en la música, la influencia de sus maestros, el papel de la universidad pública en su formación, el desarrollo del Ritmo con Señas y los proyectos que impulsa para ampliar el acceso a la creación musical colectiva.

Emmanuel Lover impulsa experiencias participativas y apuesta al Ritmo con Señas como herramienta de transformación social
Emmanuel Lover desarrolla actividades en Córdoba y en distintas localidades del interior provincial para difundir esta práctica musical.

—¿Cómo estás, Emmanuel?

—Hola Neni! La verdad que muy bien y con muchos movimientos de aprendizaje en un proceso que me está habilitando combinar distintas facetas de mi trabajo. Es una etapa donde las distintas búsquedas que durante muchos años estuvieron separadas ahora empiezan a encontrarse.

—¿Desde qué lugar estás llevando adelante tu labor musical en este momento de tu carrera?

—Actualmente me encuentro atravesado por la realidad que viven muchísimos argentinos y argentinas que es el poliempleo. Podría decir que me gustaría poder dedicarme de lleno a una sola cosa pero estas circunstancias actuales me implican estar habitando distintos espacio.

Y de alguna manera eso tiene un componente adverso que deseo aprovechar como oportunidad para acercar a distintos territorios una práctica que está emergiendo en Córdoba.

Estoy principalmente enfocado en experiencias grupales participativas donde la música deje de ser algo que pocos producen y muchos consumen con el objetivo de aportar en potenciar el poder transformador del arte en la sociedad.

Este drama político y social en el que estamos se va a acabar en algún momento porque habrá organización, conciencia y un futuro mucho mejor que este y desde el arte es donde vamos a sentar las bases de ese nuevo tiempo.

—¿Cómo y dónde comenzó ese primer acercamiento a la música que terminó definiendo tu camino actual?

—No podría detectar ese primer acercamiento porque la música estuvo presente desde muy temprano en mi historia y la percibo como un gran proceso de vida. Crecí en Cosquín, una ciudad profundamente atravesada por la actividad cultural y musical y en mi casa natal escuchábamos mucha música muy diversa.

Recuerdo empezar a estudiar piano de manera particular y a interesarme por la armonía lo que me llevó a integrar coros de mi pueblo y agrupaciones musicales antes de decidir comenzar una carrera. Me llamaba la atención conectar con muchas personas de distintas generaciones y vidas completamente diferentes a las mías pero que juntos lograbamos algo que nos unía de una manera que nada más lo hubiera hecho.

Tampoco creo que sea algo enteramente consciente, son cosas como que uno olfatea desde lejos y me parece que esa “cierta curiosidad” fue lo que me llevó a seguir explorando este tipo de espacios.

—¿Recordás algún momento clave o proyecto particular donde sentiste que tu formación académica en la Universidad Nacional de Córdoba se fusionó definitivamente con tu vocación por el trabajo comunitario?

—También fue un proceso cotidiano. La riqueza de la formación artística que recibimos en las aulas de la Facultad de Artes tiene el impulso de salir a transformar la sociedad. Se debate mucho sobre la accesibilidad de las prácticas artísticas musicales y nos estamos preguntando constantemente cómo encontrar los caminos para que el arte haga contacto con la sociedad. La Universidad pública y gratuita está habitada por muchas personas del interior que gracias a eso hemos amplificado nuestras oportunidades y toda la formación musical que recibimos allí es la causa de que ese conocimiento se expanda a todas las esferas de la comunidad.

—¿Contaste con el apoyo de tu familia al decidir dedicarte profesionalmente a la música, la dirección y la docencia?

—Afortunadamente, sí. Vengo de una familia de docentes que aman lo que hacen, mi madre en el ámbito de las Ciencias Naturales y mi padre en Ciencias Sociales. Me gusta pensar que mi interés por compartir el arte también tiene un poco de esos mundos, la experimentación, la lectura; entonces no solo me brindaron apoyo en mi decisión de dedicarme enteramente a esto sino que también supieron inculcarme la sensibilidad por la naturaleza y la reflexión desde una perspectiva humanista, lo cual les agradeceré eternamente.

—A lo largo de tu trayectoria, ¿quiénes fueron tus referentes o maestros fundamentales que marcaron tu manera de entender la música?

—Fue una experiencia muy movilizante para mi transitar un camino de piano en el CIMAP (Compositores e Intérpretes de Música Argentina para Piano) con la Maestra Hilda Herrera. Yo venía muy enganchado ya con conocimientos de armonía y un interés genuino por el folklore argentino, pero en esa experiencia lo que abrió mi escucha musical y mi autopercepción como instrumentista fue la dimensión rítmica de nuestra música y la intensa historia que habita en todo lo que ella generosamente nos transmitió y sigue transmitiendo.

Por otro lado, cantar durante 10 años bajo la dirección del Maestro Santiago Ruiz en mi paso por la Cantoría de la Merced hizo huella para toda mi actividad musical. Todos los ensayos eran memorables y siempre estaba perfeccionando sus recursos lo cual lo hace un músico tan reconocido y un maestro que inspira un amor y un compromiso con la tarea que lo vuelve inigualable. Mis primeras giras internacionales fueron el efecto de estar en ese maravilloso grupo que tan bien nos hace quedar a todos los cordobeses y cordobesas a donde sea que vaya.

Hay personas que desde la cotidianidad del trabajo siguen siendo sostén y aliento como el Alejandro Pittis quien dirige el Coro de Santa María con quien compartimos la tarea de llevar adelante las actividades de ese espacio, yo desde mi rol como pianista y subdirector y el conduciendo esa agrupación hace ya casi 20 años. Considero que junto a él me forjé en la disciplina como docente en un coro, gracias a su confianza y absoluta generosidad. Como cuando me invitó a crear juntos el “Coral del Monte”, una producción audiovisual donde más de 150 coreutas se juntaron para reclamar cantando por la protección de nuestras sierras durante la época del conflicto ambiental conocido como el Punillazo. Hoy por hoy seguimos compartiendo el desarrollo del proyecto del Coro Santa María.

Este año tuve la oportunidad de conocer a Santiago Vázquez y compartir un retiro de formación en lenguaje rítmico y dirección junto a él y parte de la comunidad global de Ritmo con Señas. Siempre fui fan de su arte desde la época de Puente Celeste y lo considero el mentor principal de un movimiento mundial nacido en este país que hará ecos en la historia de la música y del que me enorgullece ser parte. El invento que nos ofrendó tiene dimensiones que trascienden las fronteras de los países y del idioma. Sin dudas es un ejemplo concreto de cómo es posible transformar las vidas a través de un lenguaje que permite incluirnos a todxs.

Hace varios años conocí los escritos de Daisaku Ikeda, filósofo Budista y un verdadero Maestro de la vida. Su historia y su lucha por la paz es una enseñanza que prueba cómo las personas comunes podemos transformar nuestra vida y la de toda la sociedad. En sus escritos habla de cómo la música tiene el potencial de crear lazos entre la gente sin distinción de lenguas o costumbres, trascendiendo las barreras de tiempo y espacio, ya que dialoga directamente con el corazón humano. Es así que la importancia del arte y la cultura radica en que permite a los pueblos crear una sociedad pacífica.

—Además de tu formación académica, ¿qué espacios o maestros considerás que fueron vitales para forjar tu estilo como pianista y director? Actualmente estás muy enfocado en "La Máquina de la Suerte" y el Ritmo con Señas, ¿en qué nuevos proyectos o desafíos te encontrás trabajando para profundizar esta búsqueda?

—La Máquina de la Suerte es una banda de Ritmo con Señas que fundamos junto a antiguas compañeras de la facultad y demás músicos de la ciudad y alrededores hace ya 4 años gracias al impulso inicial de mi amigo Agustín Avarece que nos compartió el lenguaje. Digamos que fue mi “primer escuela” en este camino de lenguaje de dirección. La banda representa una experiencia colectiva horizontal en la cultura contemporánea de Ritmo con Señas en la ciudad. Cuando regresé de mi viaje al Uruguay dejé algunas horas de clase y comencé a trabajar en la expansión del Ritmo con Señas en Córdoba junto a varios amigos de la banda.

Pienso que la música es un Derecho Humano inalienable y la vivencia de la música es inherente a todas las personas comunes. Me estimula pensar que las señas habilitan una práctica que no solo sirve como herramienta para generar grupalidades, componer en tiempo real, o como dispositivo pedagógico, sino que además en su aspecto más esencial, permite que las personas se conecten muy rápidamente entre sí y con la co-creación colectiva, con todo lo que eso implica. Creo que al democratizar la participación en la composición musical, el lenguaje se erige sobre algo mucho más profundo que es el establecimiento de una ética artística y comunitaria.

Cuando haces Ritmo con Señas formas parte de una construcción que no vuelve a suceder nunca igual y que sin tu presencia jamás hubiese existido de tal forma. Es una convergencia de mundos internos y externos infinitamente potenciales habilitandonos a formar parte de una inteligencia colectiva capaz de hacer posible una nueva realidad.

Actualmente coordino un taller multinivel en la sala del Sindicato de Músicos de Córdoba y viajo a ciudades del interior de la provincia para compartir esta práctica con cada vez más personas. Uno de los desafíos actuales es generar espacios de formación que permitan su expansión a demás ámbitos corales, instrumentales, educativos y comunitarios con la idea de permitir que cada vez más personas incorporen estas herramientas y puedan vivenciar la magia que se crea en conjunto.

—¿Cómo te imaginás tu impacto en la escena cultural de Córdoba de aquí a 5 años?

—Hace 5 años ni imaginaba el desarrollo de estos caminos, pero puedo decir que me gustaría contribuir a fortalecer una red de espacios donde la participación, la creatividad y el encuentro con los demás sean el centro. Sueño con que todos los docentes de música y de otras disciplinas puedan incorporar el Ritmo con Señas en sus clases y que se funden muchísimas grupalidades de todo tipo de formato con la inevitable expansión de este lenguaje, y que además tengan el coraje de sostenerse en el tiempo, por el bien de todos. Más que pensar en un impacto individual me interesa formar parte de estos procesos colectivos que amplíen las posibilidades de acceso y de producción cultural.

—Pensando en el Taller de Improvisación Coral del próximo 29 de junio en El Pulqui, ¿qué es lo que más te entusiasma de este tipo de encuentros donde la creación es totalmente espontánea?

—Sé que cada encuentro tiene algo de irrepetible, entonces espero ese día con muchas ganas, me preparo mental y corporalmente para estar abierto a dar lo mejor de mí a quienes se acerquen a experimentar esto que amo hacer. Nadie sabe exáctamente qué va a ocurrir ese día, qué músicas surgirán, cómo haremos para crear algo que aún no existe lo cual una vez vivenciado nunca más volverá a suceder del mismo modo. Me parece hermoso lo que se genera en el momento en que un grupo humano crea música desde un gesto. Creo que para experimentarlo hay que acercarse a vivenciar la experiencia ya que es muy difícil de transmitir y de registrar lo que se vive en esas sesiones de improvisación colectiva.

Estamos en una época atravesada por discursos individualistas que fomentan la desunión y la alienación; todo sucede tan rápido que se nos desdibujan los límites del tiempo y están a la vista los durísimos efectos en nuestros vínculos y comunidades. Poder ofrecer experiencias basadas en lo que sucede espontáneamente pretende poner en valor cada instante del tiempo presente y en cómo nuestras acciones por pequeñas que sean pueden crear belleza y felicidad compartida.

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