Por Leonardo J. Glikin (*)
"El que no sabe a dónde va, ya llegó", dice el refrán. Y hay empresarios que, sin saberlo, ya llegaron: están instalados en una meseta cómoda, donde los procesos funcionan, los clientes son fieles y los números no generan sobresaltos.
El problema es que el mercado no se queda quieto esperando a que uno decida cuándo volver a moverse. Ricardo tiene 61 años y una pyme metalúrgica que fundó a los 28. Un cliente importante le propuso triplicar el volumen si invertía en una nueva línea de producción. La cuenta cerraba. Pero Ricardo, por primera vez en su vida, dudó.
"No sé si tengo ganas de empezar de nuevo", le confesó a su contador.
No era un problema de plata. La misma energía que a los 28 años le sobraba, a los 61 ya no estaba disponible de la misma manera. O, mejor dicho, Ricardo prefería reservarla para otros planes.
Dos ciclos que no siempre coinciden
La empresa tiene su propio ciclo de vida y, en algún momento, después de una etapa de estabilidad, llega la exigencia de crecer. Crecer no es solo una cuestión de plata: exige asumir riesgos, salir de lo conocido y poner el cuerpo como en los primeros años.
Pero las personas también tenemos nuestro propio ciclo de vida. Y en algún punto, no hay una edad que sirva de regla para todos, la energía deja de estar disponible. A veces por cansancio. Otras, sin que exista agotamiento de por medio, porque uno simplemente prefiere destinarla a otra cosa: la familia, un proyecto propio postergado o, simplemente, al propio tiempo.
Ahí aparece el desencuentro: la empresa pide más de lo que el dueño tiene ganas de dar en esa etapa de su vida. ¿Y entonces?
Cuando hay familia, hay una respuesta a mano
En la empresa familiar existe un recurso que ofrece la propia dinámica, aunque no siempre se sepa aprovechar a tiempo: la generación siguiente. Un hijo, una sobrina o un nieto que se suma puede aportar justo lo que la etapa madura de la empresa necesita: energía, ganas de crecer y la ambición de dejar su propia marca, mientras la generación anterior contribuye con la experiencia y los contactos.
Hay que tener claro que eso no ocurre por sí solo. Requiere planificación, roles claros, una incorporación ordenada de los sucesores y, sobre todo, que quien fundó la empresa esté dispuesto a soltar el control al ritmo en que la nueva generación pueda hacerse cargo. La continuidad familiar no se decide en una reunión; se construye, o se pierde, en un proceso que puede llevar años.
Ricardo, en su caso, tiene una hija que hace tres años se sumó a la empresa y que, a diferencia de él, sí quiere asumir ese desafío. La pregunta que le queda pendiente no es si invertir, sino si está dispuesto a que la decisión ya no sea solo suya.
Sin familia de por medio, profesionalizar o vender
En la empresa que no tiene una familia detrás, ese recurso directamente no existe. No hay una nueva generación aguardando su turno. Por eso, cuando el fundador o los socios llegan al punto en que la energía ya no alcanza, o prefieren destinarla a otras prioridades, el camino es profesionalizar la gestión: incorporar un management capacitado y construir una estructura de gobierno que no dependa de la disponibilidad personal de sus dueños.
¿Y si eso no alcanza o directamente no es viable? Quedan dos caminos, igual de legítimos: transferir la conducción a los propios empleados, que muchas veces conocen la empresa mejor que nadie, o venderla a un tercero que sí tenga la energía y el capital necesarios para dar el paso siguiente.
La única mala decisión es no decidir
Familiar o no, ambos caminos tienen algo en común: ninguno se resuelve solo. La empresa que espera, sin más, a que el problema se acomode, en el mejor de los casos se estanca y, en el peor, desaparece.
La diferencia entre la empresa que atraviesa bien este momento y la que no, rara vez pasa por el mercado o por la suerte. Pasa por si sus dueños se animaron, a tiempo, a planificar el recambio de energía que la propia empresa les venía pidiendo.