Política | 17:17

Energía atómica en crisis

La plata de la reestructuración: al jardín de invierno, al pendrive de Adorni o a la Quinta de Olivos

La nueva gerenta cuenta con formación jurídica y antecedentes dentro del organismo. Su llegada ocurre en medio de reclamos por salarios, paralización de proyectos estratégicos y salida de profesionales especializados.

Por Fernando López Duhour

Hace apenas dos semanas, la Oficina de Respuesta Oficial (ORO) salió a negar con todas las letras que existiera un plan de vaciamiento de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). “No, no, no”, dijeron. “Tranquilos”. Pero la realidad, como suele ocurrir, apareció sin pedir permiso.

Resulta que el presidente del organismo, Martín Eduardo Porro, acaba de firmar una resolución nombrando como Gerenta de Recursos Humanos a Gisela Mangone. ¿Y quién es Mangone en su perfil público más visible? Instructora de yoga. De niños y adultos, en espacios como el Centro Integral del Sol, Valle Tierra, Yoga Baires y De la Tierra. Una figura asociada a la paz mental, la respiración consciente y la postura del loto.

Ahora, antes de que aparezcan los titulares fáciles, hagamos el ejercicio de leer un poco más. Porque Mangone no es solamente una instructora de yoga. Es abogada. En 2013 completó una Maestría en Derecho Administrativo en la Universidad Austral. En 2022 realizó un Posgrado Interdisciplinario en Derecho Aeronáutico. Además, según pudo saberse, ya tenía experiencia previa en la CNEA como letrada. O sea: no es que entró a enseñar meditación a los físicos nucleares. Ingresó a una gerencia de RRHH con un currículum jurídico de peso.

¿El problema, entonces? No es ella. El problema es el contexto en el que llega.

La CNEA, en el peor momento de su historia reciente

Porque mientras Mangone se instala en el escalafón Principal B nivel II con un salario bruto de entre 1.250.000 y 1.450.000 pesos (contrato hasta fin de año, aclara la resolución), la CNEA se desangra.

Los gremios del sector ATE, APCNEAN y otros, vienen denunciando desde hace meses un ajuste que no tiene nombre. Las partidas presupuestarias no se actualizan. El organismo opera con valores reconducidos del año anterior, en medio de una inflación que licuó los salarios de técnicos, ingenieros e investigadores. Y con los ingresos por el piso, comenzó la hemorragia silenciosa: científicos nucleares que se van al exterior o al sector privado porque acá no pueden ni alquilar.

¿El costo de formar a esos profesionales? Millones de dólares que el Estado argentino ya pagó. Y ahora se van. Y no vuelven.

A eso se suma la paralización total de las obras civiles en los centros atómicos de Ezeiza y Lima. Cientos de trabajadores de empresas contratistas quedaron en la calle. Y el proyecto insignia de la soberanía tecnológica argentina, el reactor modular CAREM-25, permanece frenado sin fecha de reactivación.

Y entonces uno se pregunta, con toda la bronca y la perplejidad: si no hay plata para los científicos, si no hay plata para el CAREM, si no hay plata para mantener los laboratorios… ¿adónde fue la plata de la reestructuración?

Porque esto no es solo la CNEA. Esto forma parte de un plan mayor. El gobierno nacional anunció el cierre de ministerios y secretarías enteras. Una motosierra administrativa que, según sostienen, busca achicar el Estado. Pero el Presupuesto ya estaba aprobado. ¿La readecuación de esas partidas adónde se derivó?

¿Se fue al pago de la deuda? Revisemos los números: el servicio de la deuda externa se lleva alrededor del 12 por ciento del presupuesto total. Entre 2026 y 2030, Argentina deberá desembolsar más de 13.400 millones de dólares solo en intereses al FMI. ¿Ese es el destino final de la guita que no fue a ciencia ni a energía atómica?

¿O se fue a comisiones? ¿A gastos reservados? ¿Al famoso pendrive de Manuel Adorni, ese que nunca vimos pero todos sospechamos? ¿A la Quinta de Olivos, al jardín de invierno, donde se toman decisiones que después nadie explica?

Porque algo no cierra. Si se achica el Estado por un lado, pero los recursos no aparecen en salud, no aparecen en educación, no aparecen en ciencia, no aparecen en energía nuclear… entonces, ¿dónde están?

El Ejecutivo debería empezar a informar, en serio y con números

No alcanza con que la Oficina de Respuesta Oficial salga a decir “no vaciamos”. La gente no es boluda. Los trabajadores de la CNEA no son boludos. Los científicos que se van no son boludos. Cuando se nombra una gerenta de RRHH con el perfil que tenga, sea instructora de yoga, abogada o ambas cosas, en medio de un ajuste brutal, lo que la gente ve es que mientras unos pierden el trabajo o ven licuado su salario, otros ingresan con contratos relativamente cómodos. Y eso, le guste o no al oficialismo, se llama mala señal.

La pregunta final, la que queda flotando como un reactor apagado sin mantenimiento, es esta: ¿de verdad no hay un plan de vaciamiento o lo que no hay es voluntad de contarlo? Porque los hechos, uno tras otro, empiezan a dibujar un mapa. Y ese mapa, por ahora, no conduce a ningún lugar que se parezca al desarrollo, la ciencia o la soberanía energética. Conduce, más bien, a un agujero negro presupuestario del que nadie quiere dar explicaciones.

¿Alguien tiene un número de teléfono de la ORO? Porque esta vez la respuesta oficial tendría que venir con una planilla de Excel adjunta.

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