Opinión | 20:13

Reflexión y cambio

¿Las cosas pueden ser diferentes?

Eduardo Larriera analiza cómo la actitud, el diagnóstico y la proactividad pueden ayudar a enfrentar dificultades y encontrar alternativas frente a los problemas.

Por Eduardo Larriera (*), especial para NOVA 

Hay momentos en los que, frente a dificultades y problemas concretos, nos sentimos mal, desanimados, apenados y hasta deprimidos. Las causas de este malestar (en plural) no están solo en la naturaleza del problema. Es de suma importancia, pues resulta muy útil y saludable, reconocer cómo nos posicionamos frente a él. Invito a que nos planteemos la pregunta: ¿Las cosas pueden ser diferentes?

Si la respuesta fuese NO, no valdría la pena seguir. En consecuencia, corremos el riesgo de deprimirnos y no solucionar nada. Algunas soluciones pueden resultar difíciles de transitar y resolver, pero lo que le da sentido a nuestro estar en el mundo es colocarnos proactivamente para encontrar alternativas de solución. ¿Cómo lo podemos hacer? Pues se trata de afrontar la tarea de generar un factor de multiplicación de nuestras capacidades, conocimientos, experiencia y habilidades para diseñar respuestas correctivas de la situación problemática que nos aqueja.

De lo que hagamos podremos reconocer nuestra actitud, proactiva o pasiva, que dependerá de cómo nos reconozcamos a nosotros mismos y de ello dependerán, en gran medida, los resultados. Es necesario hacer una mirada de nuestra experiencia, de lo que hemos logrado en el pasado, que nos ayudará a reencontrarnos con esas capacidades que nos han permitido superar variadas dificultades en nuestra historia.

Si hacemos esto, nos ayudará a emprender la tarea de diseñar una propuesta o proyecto que contenga planes de acción correctivos, pero será condición básica partir de un diagnóstico claro de la situación sobre la que debemos actuar. El diagnóstico es lo que nos coloca en una “mesa de análisis” en el equipo, que nos permitirá pensar colaborativamente, sin competencia interpersonal y en un clima de mutua cooperación, para crear las mejores alternativas de acción con las cuales resolver la situación que se tiene entre manos.

Si fuéramos cirujanos y estuviésemos en un quirófano con un paciente que padece fuertes dolores en el vientre, aunque ambos estemos con un bisturí en la mano, hasta que no tengamos certeza de un diagnóstico de apendicitis, por ejemplo, no debemos ni podemos iniciar operación alguna. El dolor puede estar producido, por ejemplo, por gases acumulados, que con una dosis de “Factor AG” se resuelve.

Recién una vez que tengamos un diagnóstico claro podremos preguntarnos: ¿Qué podemos/debemos hacer y cómo? Del análisis de los datos que configuran la situación problemática sobre la que habrá que trabajar surgirá lo que habrá que hacer. Recién cuando esto esté claro se podrá comenzar a analizar los beneficios y riesgos de las diferentes líneas de acción. Luego de ello, y no antes, podrá tener lugar el inicio de las acciones correctivas.

Plantearnos estos interrogantes nos ayudará a reencontrarnos con nuestras capacidades. En consecuencia, será uno de los mejores antidepresivos, pues nos sacará del “no se puede”, que nos condena al no cambio. Uno de los principios importantes en el ámbito de la Psicología Institucional/Organizacional establece que: “Las empresas funcionan mucho mejor cuando la gente se siente bien”.

La formulación surge de una observación del mundo del trabajo y es aplicable a cualquier situación de la vida. La familia es una institución y esta afirmación es importante para aplicarla también a la institución familiar. Si sus miembros se sienten bien, todo podrá ser abordado y bien resuelto, y la inversa es totalmente válida. Nuestras creencias determinan nuestro enfoque, nuestro abordaje y sus resultados.

Si mi convicción es que nada va a cambiar, nada cambiará.

Si, en cambio, mi convicción es que las cosas pueden ser diferentes, es muy probable, aunque no es seguro, que se abran las puertas a la inteligencia y a la creatividad. Si me escucho diciendo cosas como “si no me ocupo yo, nadie lo va a hacer”, es probable que esta profecía se cumpla y que nada cambie. Esto me quitará tiempo y me llevará a ir acumulando y no atender cosas importantes pendientes conmigo mismo. Tengamos presente que nuestro enfoque direcciona el destino de nuestro esfuerzo. Si nos ganara el escepticismo, el “no se puede”, no vamos a poder y nos autocondenaremos a la pasividad, la inacción y la creencia de que nada va a cambiar.

Pero si, en cambio, creemos que algo puede ser diferente, nos pondremos a la tarea. El gran desafío es salir de la pasividad, dejar de lado la queja y tornarnos proactivos, reemplazando las quejas por las propuestas. Propongo una serena reflexión sobre este punto crucial. De esto depende que un chispazo de lucidez evite que nos autocondenemos al no cambio y caigamos en el síntoma nocivo de la queja. Hemos dicho, y subrayo, que lo opuesto a la queja es la proactividad.

Esta mirada reflexiva nos podrá ayudar a ganar protagonismo, que es lo que necesitamos para lograr el cambio deseado. Será importante desarrollar las propuestas correctivas teniendo muy en cuenta los límites de nuestra área de influencia. Así podremos ver dónde poner nuestra energía y dónde no.

(*) Integrante de CAPS Consultores. Psicólogo y Coach Mayéutico.

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