Opinión | 20:49

Cultura de luto

Luis Brandoni, el mejor de los nuestros

Con su muerte se va un pedazo de nuestra identidad cultural.

Por Gustavo Zandonadi

Hay escenas que justifican una película entera. Pero hay algo más raro todavía: escenas que sobreviven a la película y se vuelven parte del lenguaje cotidiano. Eso no pasa por casualidad. Pasa cuando los actores no se limitan a interpretarlas: las viven. ¿Alguien puede imaginar "El secreto de sus ojos" sin Ricardo Darín? ¿O el universo de Alberto Olmedo y Jorge Porcel desarmado? No. Porque el cine, a diferencia de lo que dicen los manuales, sí tiene nombres propios que son irreemplazables. Luis Brandoni fue uno de esos.

Decir que se fue un actor es quedarse corto. Se fue una forma de decir, de mirar y de estar en el mundo. Se fue el tipo que convirtió una escena en patrimonio nacional: "¿Qué miseria, che? ¿Sabés lo que tenían para comer?". No hace falta explicar de dónde viene. El que lo sabe, lo sabe. Y el que no, se pierde una contraseña cultural.

Reducirlo a su obra sería injusto. El Beto también fue un tipo incómodo para el poder cuando había que serlo. Mientras muchos elegían el silencio, él eligió pagar el precio. La persecución de la Triple A la pagó con años de exilio. No se la jugó por épica: se la jugó por convicción. Por supuesto que podía no meterse, pero lo hizo.

Después vino la democracia. Y con ella, su regreso a la Argentina. También volvió su convicción política, sin maquillaje. Acompañó a Raúl Alfonsín cuando la democracia era una promesa, y siguió a su lado cuando se convirtió en una realidad. Y la democracia le sentó bien al artista, que entregó su mejor versión. Cuatro títulos alcanzan para entenderlo: Darse cuenta, Esperando la carroza, Hay unos tipos abajo y Made in Lanús. Ahí está condensado un país, con sus miserias, sus ternuras y su ironía brutal.

Después vino la política formal. Fue diputado nacional por su querida Unión Cívica Radical. Y el costo, claro. Ese comentario tan argentino: "Todo bien con vos, lástima que sos radical", contaba que le decían en la calle. Pero Brandoni estaba por encima de esa discusión menor. Porque hay figuras que atraviesan la grieta sin pedir autorización. No porque no tengan ideas, sino porque representan algo más grande que cualquier bandera partidaria.

Hoy van a sobrar homenajes, archivos y testimonios. Todo eso sirve para atravesar el momento, pero no alcanza. Los periodistas vamos a hacer lo de siempre cuando muere un argentino ilustre: escribir mucho para tratar de explicar lo inexplicable. Eso será muy poco al lado de lo que la muerte nos robó para siempre: una mezcla extraordinaria de talento, coraje y autenticidad. En un país donde casi todo se discute, quedan pocos nombres indiscutibles y Brandoni era uno de ellos. No era uno más, era el mejor de los nuestros.

 

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