Opinión | 19:30
Identidad doctrinaria
El peronismo dejó de ser nacionalista para pasar a las terminales internacionalistas
El justicialismo atraviesa una discusión de fondo sobre su identidad, su vínculo con la cuestión nacional y el lugar que ocupan la soberanía, la producción y el trabajo frente al avance de agendas internacionales.
Por Nicolás Hourclé
Hubo una época en que el peronismo discutía cómo industrializar la Argentina, cómo poblar el territorio, cómo fortalecer las Fuerzas Armadas, cómo proteger el trabajo nacional y cómo garantizar que las decisiones estratégicas se tomaran en Buenos Aires y no en los escritorios de Washington, Londres o cualquier otro centro de poder. Hoy, buena parte de esa discusión ha desaparecido. No porque aquellos problemas hayan sido resueltos, sino porque el propio movimiento dejó de colocar la cuestión nacional en el centro de su razón de ser.
Esa es, probablemente, la mayor derrota política que sufrió el justicialismo desde 1955.
El peronismo nació como un movimiento profundamente nacional. No era nacionalista por una cuestión declamativa ni por un recurso electoral. Lo era porque concebía al Estado como el instrumento indispensable para defender la soberanía política, alcanzar la independencia económica y construir la justicia social. Esa tríada no era una consigna, sino una doctrina de gobierno. Cada decisión debía responder a una pregunta sencilla: ¿beneficia a la Nación o la debilita?
Perón nunca pensó la política como una administración de coyunturas. La entendía como una disputa permanente entre proyectos de poder. Por un lado, estaban quienes concebían a la Argentina como una comunidad organizada, capaz de decidir su destino. Por el otro, quienes aceptaban un país subordinado a intereses financieros, económicos o geopolíticos que siempre actuaban por encima de la voluntad popular.
Esa tensión no desapareció con el tiempo. Se modificaron los actores, los discursos y las herramientas, pero el conflicto sigue siendo esencialmente el mismo.
La primera gran fractura interna apareció cuando algunos dirigentes comenzaron a creer que el peronismo podía sobrevivir sin Perón. El vandorismo expresó esa lógica. El llamado "Peronismo sin Perón" fue mucho más que una diferencia táctica. Significó la idea de que el movimiento podía conservar el poder prescindiendo de la doctrina que le había dado origen. Desde entonces comenzó una larga etapa en la que el pragmatismo fue desplazando lentamente a las convicciones.
La muerte de Eva Perón, el exilio del General, su posterior fallecimiento y la caída del gobierno constitucional de Isabel Perón terminaron de desarticular una conducción que había mantenido unidas las distintas expresiones del movimiento. A partir de allí, el peronismo dejó de tener un centro doctrinario claro e inició un proceso de fragmentación que todavía no ha concluido.
Con el regreso de la democracia apareció otra transformación, mucho más silenciosa y, por eso mismo, más profunda.
Las Unidades Básicas dejaron de ser el corazón político de cada barrio. Allí no solamente se militaba. También se estudiaba la doctrina, se discutía el modelo de país, se organizaba la solidaridad y se formaban dirigentes. La política era una escuela de responsabilidad antes que una carrera personal.
Cuando esas estructuras comenzaron a desaparecer, también empezó a diluirse la transmisión generacional del pensamiento justicialista.
La doctrina dejó de estudiarse. La Comunidad Organizada fue reemplazada por el marketing electoral. Los planes quinquenales dejaron lugar a las consultoras. La planificación nacional fue sustituida por la administración de urgencias. Y el dirigente formado fue reemplazado, muchas veces, por el administrador de coyunturas.
En ese vacío crecieron nuevas estructuras que modificaron profundamente la relación entre el Estado y la sociedad. La asistencia social, concebida originalmente como una herramienta excepcional para proteger a quienes atravesaban situaciones de vulnerabilidad, terminó convirtiéndose en un mecanismo permanente de organización política. El trabajo dejó de ocupar el lugar central que tenía en la doctrina justicialista. La producción perdió su condición de motor del ascenso social. La cultura del esfuerzo comenzó a ceder frente a una lógica en la que el Estado aparecía cada vez más como proveedor antes que como promotor del desarrollo.
Ese cambio también modificó la identidad del propio peronismo.
Mientras la doctrina hablaba de soberanía, industria, producción y comunidad, comenzaron a ganar espacio discursos cada vez más vinculados a agendas internacionales que colocaban otras prioridades por encima del interés nacional. La política dejó de preguntarse qué necesitaba la Argentina para empezar a discutir qué esperaba de ella el escenario global.
Cuando un movimiento abandona la defensa de determinadas banderas, no debe sorprenderse si otros ocupan ese espacio.
El fenómeno Javier Milei no puede analizarse únicamente desde la economía. También expresa el agotamiento de una representación política. Millones de argentinos sintieron que el peronismo había dejado de expresar una idea de Nación. Buscaron respuestas en otro lugar, aun cuando esas respuestas propusieran un modelo completamente opuesto al que históricamente había defendido el justicialismo.
La paradoja es evidente. Mientras el peronismo abandonaba buena parte de su discurso nacional, fue el liberalismo el que logró canalizar el enojo de sectores populares históricamente identificados con el movimiento.
La historia argentina demuestra que, cada vez que el proyecto nacional retrocedió, avanzaron intereses económicos concentrados que privilegiaron la especulación financiera sobre la producción, el endeudamiento sobre el desarrollo y la dependencia sobre la soberanía. El golpe de 1955 no fue solamente la interrupción de un gobierno. Representó el intento de desmontar un modelo económico y social que había colocado al Estado al servicio del desarrollo nacional. Desde entonces, con distintos nombres y herramientas, esa disputa continúa atravesando la vida política argentina.
El desafío actual no consiste en reconstruir un museo del peronismo. Se trata de recuperar aquello que sigue siendo imprescindible: una doctrina capaz de pensar el país desde la producción, el trabajo, la educación, la defensa nacional y la integración de la comunidad. Ninguna Nación se desarrolla copiando modelos ajenos. Los pueblos que progresan son aquellos que interpretan su propia historia y construyen respuestas desde su propia identidad.
Perón dejó una enseñanza que conserva plena vigencia: el trasvasamiento generacional. No era un simple relevo de dirigentes. Era la obligación de transmitir una concepción de país. Sin esa continuidad doctrinaria, cualquier movimiento termina reducido a una maquinaria electoral que cambia de discurso según las encuestas.
El debate que enfrenta hoy el peronismo no es solamente electoral. Es existencial. Debe decidir si quiere volver a ser un movimiento nacional, con un proyecto propio para la Argentina, o resignarse a administrar agendas concebidas fuera de nuestras fronteras. Porque cuando una fuerza política deja de pensar con cabeza nacional, tarde o temprano termina gobernando para intereses que no son los de su pueblo.
Y un peronismo que renuncia a la causa nacional deja de ser, simplemente, peronismo.
