Curiosidades | 16:13
Derecha radical
John Birch Society, la derecha que se negó a pedir permiso para defender a Estados Unidos
Una sociedad que viró a la derecha radical.
Durante décadas, mencionar a la John Birch Society en Estados Unidos fue casi una invitación automática a la descalificación. Para sus detractores, se trataba de un movimiento radical, conspirativo y demasiado incómodo para el conservadurismo tradicional. Para sus integrantes y simpatizantes, en cambio, la historia puede leerse de otra manera: como la de una organización que se negó a aceptar que el avance del Estado, el comunismo y los organismos supranacionales fueran procesos inevitables.
La John Birch Society fue fundada por Robert Welch el 9 de diciembre de 1958, en plena Guerra Fría. Su nombre homenajea al capitán John Birch, misionero bautista, oficial de inteligencia estadounidense y uno de los primeros estadounidenses muertos por fuerzas comunistas chinas después de la Segunda Guerra Mundial. La propia organización reivindica a Birch como símbolo de patriotismo y resistencia frente al comunismo.
Desde su nacimiento, la JBS planteó una premisa que continúa siendo central para sus seguidores: la libertad estadounidense no se conserva sola. Requiere ciudadanos organizados, vigilancia sobre quienes ejercen el poder y una defensa activa de la Constitución. Actualmente, la organización se define como una entidad no partidaria dedicada a la educación cívica y a la defensa de la Constitución, la libertad individual y la soberanía nacional.
El problema para sus críticos fue que los Birchers no se limitaron a defender principios abstractos. Señalaron nombres, instituciones y políticas concretas. Y allí comenzó la controversia.
La sospecha permanente frente al poder
Robert Welch construyó su movimiento alrededor de una profunda desconfianza hacia el poder político. Su preocupación fundamental era que el comunismo pudiera avanzar no solamente mediante revoluciones abiertas, sino también a través de instituciones, burocracias, acuerdos internacionales y políticas públicas.
Uno de los episodios que más daño hizo a la reputación pública de Welch fue su análisis sobre Dwight Eisenhower. Sus detractores lo resumieron durante décadas diciendo que había llamado "comunista" al expresidente. La JBS sostiene que esa interpretación simplifica y distorsiona lo que Welch escribió y remite a The Politician, obra publicada en 1963, donde presentó documentación y argumentos sobre la trayectoria política de Eisenhower.
Puede discutirse hasta el cansancio si Welch exageró o se equivocó en algunas de sus conclusiones. Pero hay algo más interesante: el derecho a sospechar del poder también forma parte de la tradición política estadounidense.
En ese sentido, el bircherismo llevó al extremo una pregunta que continúa siendo válida: ¿Quién controla realmente las instituciones y hasta dónde debe llegar la confianza de un ciudadano frente al Estado?
La batalla contra el Estado cada vez más grande
Otro de los ejes históricos de la JBS fue la oposición al crecimiento del Gobierno federal.
Para sus militantes, la Constitución no es simplemente un documento histórico, sino un límite concreto al poder político. De allí surgieron campañas contra la expansión del Estado federal, contra la creación de estructuras nacionales de seguridad y contra la transferencia de soberanía hacia organismos internacionales.
La organización recuerda, por ejemplo, su campaña "Support Your Local Police", iniciada en 1963, y su oposición a la creación de una fuerza policial nacional. También reivindica su histórica campaña para retirar a Estados Unidos de Naciones Unidas y su lucha contra iniciativas que, según su interpretación, podían debilitar la soberanía estadounidense.
Para sus críticos, esa posición era extremista. Para sus defensores, era una consecuencia lógica de la Constitución estadounidense: si el poder político puede concentrarse indefinidamente en Washington, tarde o temprano la libertad individual queda subordinada a una burocracia cada vez más poderosa.
La controversia por los derechos civiles
Uno de los capítulos más delicados de la historia bircher fue su oposición a determinadas políticas federales vinculadas con los derechos civiles. Historiadores de la Biblioteca del Congreso señalan que la organización se convirtió en una fuerza polémica durante los años 60 y que se enfrentó a buena parte de la agenda liberal de aquella época.
Aquí es necesario evitar simplificaciones.
La JBS sostiene que su oposición no estaba basada en una supuesta defensa de la discriminación racial, sino en una concepción constitucional según la cual muchas competencias correspondían a los estados y no al Gobierno federal. La propia organización ha publicado documentación destinada a rechazar las acusaciones históricas de racismo y antisemitismo.
Se puede rechazar esa interpretación política, pero también resulta legítimo estudiar el debate en sus propios términos: federalismo contra centralización, poder estatal contra poder federal y libertad individual frente a la expansión de las competencias de Washington.
Earl Warren y la Corte Suprema
La ofensiva contra el poder judicial fue otro de los grandes capítulos de la JBS.
La organización impulsó una campaña para conseguir el impeachment del presidente de la Corte Suprema Earl Warren, a quien consideraba responsable de decisiones que, desde su perspectiva, ampliaban peligrosamente el poder judicial y debilitaban el orden constitucional tradicional. La Biblioteca del Congreso conserva incluso material de aquella campaña con la consigna "Impeach Earl Warren".
Hoy puede resultar extraño que una organización política lance semejante campaña contra el máximo tribunal. Pero, nuevamente, la pregunta que planteaban los Birchers conserva vigencia: ¿Hasta dónde puede llegar un poder judicial cuando interpreta la Constitución?
El legado incómodo
La historia posterior es todavía más interesante.
La JBS perdió buena parte de su influencia durante las décadas siguientes, pero muchas de sus preocupaciones no desaparecieron. La oposición al globalismo, la desconfianza hacia organismos internacionales, el cuestionamiento del poder de las élites, la defensa de la soberanía nacional y el rechazo a un Estado federal excesivamente poderoso reaparecieron una y otra vez dentro de la política estadounidense.
Incluso investigadores que son profundamente críticos de la organización reconocen que el movimiento tuvo una influencia considerable en la evolución de la derecha estadounidense. La Biblioteca del Congreso señala que los Birchers ayudaron a radicalizar sectores del conservadurismo y que elementos de su retórica y activismo permanecieron presentes en la política posterior.
La propia JBS reivindica actualmente parte de ese legado y sostiene que varias cuestiones que alguna vez fueron ridiculizadas terminaron convirtiéndose en debates centrales de la política estadounidense.
Incluso su relación con las teorías conspirativas merece una lectura menos automática. La organización efectivamente realizó afirmaciones que hoy pueden parecer exageradas o insuficientemente sustentadas. Pero también es cierto que "conspiración" se convirtió muchas veces en una etiqueta utilizada para cerrar discusiones antes de analizarlas.
Ese es quizás el aspecto más interesante del fenómeno bircher.
Más allá de sus aciertos y errores, la John Birch Society representa una tradición política que se niega a aceptar que toda institución merezca confianza simplemente por ser una institución. Su filosofía parte de una premisa incómoda: el poder debe ser vigilado precisamente porque es poder.
Y esa idea, lejos de ser exclusivamente de derecha, atraviesa buena parte de la historia política estadounidense.
La JBS puede haber llevado algunas de sus sospechas demasiado lejos. Puede haber formulado hipótesis que posteriormente no resistieron la evidencia. Puede incluso haber cometido errores políticos importantes. Pero reducir seis décadas de historia a la caricatura de "un grupo de locos conspirativos" resulta insuficiente para comprender por qué logró construir capítulos, publicaciones, campañas nacionales y una influencia duradera dentro del conservadurismo estadounidense.
Los Birchers hicieron algo que muchas organizaciones políticas evitan: desconfiaron del poder incluso cuando hacerlo era impopular.
Y, para quienes consideran que la libertad depende de ciudadanos dispuestos a cuestionar al Estado, esa desconfianza no necesariamente constituye una enfermedad política. Puede ser, justamente, una forma de vigilancia democrática.
La propia John Birch Society resume su filosofía actual en términos de libertad, Constitución y responsabilidad ciudadana. Su actividad continúa organizada alrededor de capítulos locales y campañas nacionales destinadas a influir sobre funcionarios y defender lo que sus integrantes consideran los límites constitucionales del Gobierno.
En tiempos en que las etiquetas políticas suelen utilizarse para evitar debates incómodos, quizá el verdadero legado bircher no esté en cada una de sus teorías, sino en una pregunta mucho más sencilla y mucho más peligrosa para cualquier estructura de poder: ¿Quién vigila a los que gobiernan?
