Editorial | 10:32

Un arlequín...

Milei es una constante parodia

Son pocos los países a los que le falta burlarse del Presidente.

La política argentina volvió a cruzar fronteras, pero no precisamente por sus logros institucionales o consensos democráticos.

En los últimos meses, la figura del presidente Javier Milei se convirtió en material recurrente de parodia en programas de humor político de distintos países, desde Estados Unidos hasta España e Israel.

No se trata de un dato menor, ni de una simple anécdota televisiva: cuando un jefe de Estado es caricaturizado de manera reiterada en el exterior, el foco ya no está solo en su personalidad excéntrica, sino en la imagen que proyecta el país que gobierna.

Las parodias suelen exagerar rasgos reales. En el caso de Milei, el grito permanente, la estética confrontativa, la motosierra como símbolo y la descalificación constante del adversario aparecen como elementos fáciles de traducir al lenguaje humorístico internacional.

El problema no es que exista sátira política (parte saludable de cualquier democracia), sino que Argentina empiece a ser reconocida en el mundo más por el show que por un rumbo claro de Gobierno. Que programas extranjeros encuentren en el presidente argentino un personaje risible habla de una construcción política basada más en la provocación que en la solidez institucional.

La risa, en este contexto, no es inocente: expone una mirada externa que observa a la Argentina como un experimento extravagante, liderado por un mandatario que parece cómodo en el papel de "outsider" permanente, incluso desde el sillón presidencial.

Mientras tanto, puertas adentro, el país atraviesa una crisis social y económica profunda, con ajuste, caída del consumo y creciente incertidumbre.

En ese escenario, la proyección internacional del presidente debería estar orientada a generar confianza, previsibilidad y respeto. Sin embargo, la viralización de sketches y burlas sugiere lo contrario: un liderazgo que llama más la atención por sus formas que por sus resultados.

La pregunta de fondo es qué costo tiene para la Argentina esta exposición. No en términos de ego personal del mandatario, sino en credibilidad política, diplomática y económica.

Cuando un Presidente se transforma en caricatura global, el riesgo es que también lo haga el país que representa. Y ahí la risa deja de ser graciosa para convertirse en una señal de alarma.

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