Historia | 15:02
Dictadura
Sihanoukismo, el nacionalismo de un rey que terminó aliado con los verdugos de Camboya
Entre el culto a la personalidad, el autoritarismo, la neutralidad imposible y alianzas tan insólitas como polémicas, el sihanoukismo dejó una herencia política marcada por contradicciones que atravesaron la historia más oscura de Camboya.
El sihanoukismo quedó asociado a una de las experiencias políticas más contradictorias de la Camboya contemporánea. Presentado durante años como una fórmula de nacionalismo, independencia, neutralidad y unidad nacional, terminó orbitando alrededor de una figura personalista: Norodom Sihanouk.
Su legado político no puede entenderse únicamente como una defensa de la soberanía camboyana; también estuvo marcado por el autoritarismo, la concentración del poder y alianzas que terminaron produciendo consecuencias trágicas.
Sihanouk construyó durante las décadas de 1950 y 1960 un sistema político en el que su figura ocupaba un lugar central. Su movimiento Sangkum Reastr Niyum dominó la vida política y redujo considerablemente el espacio para una oposición independiente. Aunque el régimen reivindicaba la estabilidad y la unidad nacional, esa unidad muchas veces se consiguió mediante la marginación de adversarios y la concentración de decisiones en torno al líder.
El problema de fondo fue que el sihanoukismo nunca terminó de transformarse en una doctrina institucional sólida. Dependía demasiado de la personalidad de Sihanouk, de sus cambios de posición y de su capacidad para maniobrar entre diferentes sectores. Su política exterior de neutralidad pretendía mantener a Camboya alejada de la Guerra Fría, pero el contexto regional hizo cada vez más difícil sostener ese equilibrio.
La contradicción alcanzó su punto máximo después del golpe de Estado de 1970 que derrocó a Sihanouk. Desde el exilio, el antiguo gobernante terminó formando una alianza con los comunistas camboyanos para combatir al régimen de Lon Nol. Entre sus aliados estaban los futuros Jemeres Rojos, organización que terminaría protagonizando uno de los capítulos más atroces del Siglo XX.
Sihanouk no fue el creador de los Jemeres Rojos ni puede atribuírsele la responsabilidad por los crímenes del régimen de Pol Pot. Pero su alianza política con ellos constituye uno de los capítulos más controvertidos de su trayectoria. Su enorme prestigio entre sectores de la población camboyana ayudó a proporcionar legitimidad a una coalición que incluía a una organización revolucionaria extremadamente radical.
Cuando los Jemeres Rojos conquistaron Phnom Penh en abril de 1975, la paradoja fue todavía mayor. El movimiento que había utilizado la figura de Sihanouk como símbolo terminó desplazándolo. El príncipe regresó al país, pero quedó prácticamente prisionero del nuevo régimen y perdió toda capacidad real de decisión.
La historia volvió a repetirse después de la invasión vietnamita de Camboya en 1978-1979. Los sihanoukistas participaron en la resistencia contra Vietnam y el gobierno camboyano instalado con apoyo vietnamita. En ese escenario, las alianzas volvieron a superar las fronteras ideológicas: distintas fuerzas opositoras, incluidos sectores vinculados a los Jemeres Rojos, terminaron coincidiendo en su rechazo a la presencia vietnamita.
Esta trayectoria permite cuestionar uno de los principales mitos alrededor del sihanoukismo: que representó una alternativa política coherente y estable frente a las grandes ideologías del Siglo XX. En realidad, fue una corriente profundamente personalista y pragmática, capaz de desplazarse desde el nacionalismo monárquico hasta acuerdos con fuerzas comunistas y posteriormente volver a presentarse como alternativa frente a ellas.
Su defensa de la neutralidad también estuvo llena de dificultades. En teoría, Camboya debía mantenerse independiente de las grandes potencias; en la práctica, la guerra de Vietnam convirtió al país en un escenario estratégico de enorme importancia y la neutralidad de Sihanouk terminó siendo cada vez más difícil de sostener. La expansión del conflicto regional terminó erosionando las bases sobre las cuales había construido su proyecto.
La crítica al sihanoukismo, por lo tanto, no necesita negar sus elementos nacionalistas ni su defensa de la independencia camboyana. El problema aparece cuando esos objetivos son utilizados para justificar un sistema político excesivamente dependiente de un líder, con instituciones debilitadas y una oposición política reducida.
El mayor defecto del sihanoukismo fue precisamente esa dependencia de la figura de Sihanouk. Cuando la política de un país se estructura alrededor de la capacidad de maniobra de una persona y no de instituciones fuertes, las contradicciones personales terminan convirtiéndose en contradicciones del propio Estado.
El resultado fue una experiencia política marcada por paradojas: monarquía y nacionalismo, neutralidad y guerra, autoritarismo y discurso de unidad, oposición al comunismo y alianzas con comunistas. Una corriente que prometía estabilidad terminó atravesando golpes de Estado, guerras civiles, revolución, genocidio y ocupación extranjera.
Por eso, el sihanoukismo merece ser analizado con distancia crítica. No fue simplemente una doctrina nacionalista moderada ni una alternativa romántica frente a las grandes potencias. Fue también la expresión de un sistema político personalista que, en medio de una de las regiones más convulsionadas del planeta, tomó decisiones y estableció alianzas cuyas consecuencias terminaron siendo mucho más grandes que las intenciones originales de su principal protagonista.
