Opinión | 12:27
Análisis
Argentina y el poder de los mismos de siempre: ¿Por qué no hay lugar para las nuevas generaciones?
Cuando se observa dónde está concentrado el verdadero poder, aparece una realidad difícil de ignorar: muchas veces los nombres cambian, pero quienes manejan las estructuras siguen siendo los mismos.
Por Alejandro Casalongue, director de Diario Gran La Plata y Diario Gran Argentina
En Argentina aparecen constantemente nuevas figuras políticas, nuevos candidatos, nuevos movimientos y dirigentes que prometen representar una renovación. Cambian los discursos, cambian las formas de comunicar y aparecen nuevos espacios políticos. Sin embargo, cuando se observa dónde está concentrado el verdadero poder, aparece una realidad difícil de ignorar: muchas veces los nombres cambian, pero quienes manejan las estructuras siguen siendo los mismos.
Eso tiene un nombre: gerontocracia. La palabra proviene del griego geron, que significa anciano, y kratos, poder o Gobierno. Se utiliza para describir una forma de organización en la que las personas de edad avanzada concentran gran parte del poder y de las decisiones.
Y Argentina parece tener un problema con eso. No porque una persona mayor no pueda gobernar o dirigir. La edad, por sí sola, no determina la capacidad. La experiencia puede ser un enorme valor y sería injusto pensar que alguien debe abandonar un lugar simplemente por cumplir determinada edad. El problema aparece cuando la experiencia se transforma en una forma de permanencia y termina dificultando el ingreso de nuevas generaciones.
Dentro del peronismo, por ejemplo, aparecen constantemente nuevos candidatos y dirigentes de diferentes sectores, pero Cristina Fernández de Kirchner continúa siendo una figura de enorme peso después de décadas de protagonismo. Puede gustar o no su figura, se puede coincidir o discrepitar con sus ideas, pero su influencia dentro del espacio político sigue siendo evidente.
Y el fenómeno no es exclusivo del peronismo. También ocurre en otros sectores de la política argentina. La derecha, la izquierda y el centro tienen sus propios dirigentes históricos. Aparecen caras nuevas, pero muchas veces quienes realmente tienen capacidad de ordenar, negociar o influir siguen siendo aquellos que llevan décadas dentro del sistema.
Es como si aparecieran nuevos títeres, pero detrás del escenario continuaran las mismas manos moviendo los hilos. Algo parecido ocurre en el sindicalismo. Existen nuevos gremios, nuevas agrupaciones y dirigentes que aparecen permanentemente, pero figuras históricas como Hugo Moyano y Luis Barrionuevo llevan décadas ocupando lugares de enorme poder e influencia.
También podemos observar el fenómeno en la Justicia. Figuras como Ricardo Lorenzetti, Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz pertenecen a generaciones mayores y forman parte de una estructura institucional donde la renovación generacional también genera interrogantes.
Y esto lleva a una pregunta inevitable: ¿Qué está pasando con las nuevas generaciones? ¿No están preparadas? ¿No tienen experiencia suficiente? ¿No tienen interés en participar? ¿O las estructuras de poder son demasiado cerradas para permitir una verdadera renovación? Probablemente haya un poco de todo.
Es cierto que la experiencia importa. Una persona que atravesó crisis económicas, conflictos políticos y diferentes etapas de la historia posee conocimientos que alguien más joven todavía no pudo adquirir. Pero la experiencia no debería convertirse en una licencia para ocupar eternamente los mismos lugares.
Una sociedad necesita memoria, pero también necesita renovación. Necesita dirigentes que conozcan el pasado, pero también personas capaces de interpretar los cambios del presente y pensar el futuro. Quizás el problema argentino no sea simplemente que los mayores tienen demasiado poder, sino que las nuevas generaciones tienen muy poco espacio para disputarlo.
Y esto también interpela a los jóvenes. No alcanza con cuestionar a los dirigentes históricos. Si una nueva generación quiere ocupar esos lugares, también tendrá que participar, organizarse, construir liderazgo y demostrar que está preparada para gobernar y tomar decisiones. Pero para que eso ocurra, primero tiene que existir una puerta abierta.
La renovación no debería significar tirar por la borda toda la experiencia acumulada. Debería significar que quienes tienen más experiencia puedan transmitirla y que, al mismo tiempo, exista un camino para que quienes vienen detrás puedan crecer y finalmente tomar la posta.
Porque una democracia no debería depender eternamente de las mismas personas. Ningún dirigente debería ser imprescindible para siempre. Ningún partido, sindicato o institución debería funcionar como si las nuevas generaciones fueran eternamente aprendices.
La verdadera renovación no consiste solamente en poner caras nuevas delante de estructuras viejas. Consiste en permitir que esas nuevas figuras tengan poder real, capacidad de decisión y posibilidades concretas de reemplazar a quienes las precedieron.
Tal vez Argentina no tenga un problema simplemente con los dirigentes mayores. Tal vez tenga un problema mucho más profundo: no logra generar las condiciones para que una nueva generación pueda disputar realmente el poder. Y ahí queda planteado el debate.
No se trata de sacar a los viejos por ser viejos, ni de creer que los jóvenes son automáticamente mejores. Se trata de preguntarnos por qué, en un país que habla permanentemente de futuro, tantas veces seguimos dependiendo de protagonistas del pasado.
La experiencia debe ser respetada, pero el poder también debe saber cuándo pasar la posta. Porque el verdadero problema no es que los mismos de siempre sigan estando: es que los nuevos nunca terminan de llegar.
