Espectáculos | 18:38

Recorrido creativo

Sandra Ivanna Lambertucci explica cómo construye sus relatos y el sentido que atraviesa cada uno de sus libros

La autora sostiene que la literatura nace de las preguntas, reflexiona sobre el conflicto humano como motor de la escritura y analiza las ideas que dieron origen a sus novelas, poemarios y obras para las infancias.

La escritora y licenciada en Letras Sandra Ivanna Lambertucci repasa el recorrido de su obra, reflexiona sobre el proceso creativo y analiza los temas que atraviesan sus libros. En esta entrevista habla sobre identidad, memoria, duelo, amor, libertad y el papel de la literatura como espacio de preguntas y transformación.

—¿Sus obras recorren distintos géneros, desde la poesía hasta la narrativa? ¿Qué la inspira a escribir y cómo nace una nueva historia?

—Creo que las historias no nacen de las respuestas, sino de las preguntas que somos incapaces de abandonar. Escribo porque hay zonas de la experiencia humana que no aceptan ser reducidas a una explicación lógica. La literatura me permite permanecer en esa incertidumbre y explorarla sin la obligación de resolverla.

La inspiración no llega como un acontecimiento extraordinario. Suele aparecer en un gesto mínimo, una conversación escuchada al pasar, un silencio demasiado largo o una imagen que permanece durante días sin que uno comprenda por qué. Esas pequeñas fisuras en la realidad comienzan a reclamar un sentido y, lentamente, aparece una voz. Cuando encuentro esa voz, la historia ya empezó a escribirse.

Nunca pienso primero en una trama. Pienso en un conflicto humano. ¿Qué significa pertenecer? ¿Cómo se sobrevive a una pérdida? ¿Qué hacemos con aquello que no podemos nombrar? ¿Qué es peor que morirse? Los personajes nacen intentando responder esas preguntas y, mientras avanzan, terminan respondiéndome también a mí.

Escribir es una forma de conocimiento. Cada libro me obliga a mirar el mundo desde un lugar distinto y, sobre todo, a reconocer que la realidad siempre es más compleja que nuestros prejuicios. La literatura no confirma nuestras certezas, las pone en duda. Allí encuentro su mayor belleza.

—En Otras vidas invita al lector a recorrer las emociones más profundas. ¿Qué significado tiene este libro dentro de su trayectoria literaria?

—Otras vidas representa un punto de inflexión porque comprendí que escribir no consistía únicamente en contar historias, sino en crear un espacio donde el lector pudiera encontrarse consigo mismo.

Todos llevamos vidas que no vivimos: decisiones que no tomamos, palabras que nunca pronunciamos, despedidas pendientes y versiones de nosotros que quedaron suspendidas en algún momento del camino. Ese libro nació de esa intuición. No habla solamente de otras existencias posibles, sino de las múltiples personas que habitamos a lo largo de una misma vida.

Dentro de mi recorrido literario ocupa un lugar especial porque me permitió entender que la literatura puede convertirse en un espejo más que en una ventana. No pretende mostrar una verdad absoluta; ofrece un territorio para que cada lector complete aquello que el texto apenas insinúa.

Si alguien termina el libro con más preguntas que respuestas, siento que la obra cumplió su propósito.

—Réquiem Octaviano está atravesado por el amor como fuerza inspiradora. ¿Cómo transformó esa experiencia personal en poesía?

—La poesía tiene una capacidad extraordinaria: puede convertir una experiencia íntima en una emoción compartida. Ese es, quizás, uno de sus mayores milagros.

No me interesaba escribir un diario sentimental ni registrar una historia de amor particular. Lo verdaderamente importante era descubrir qué ocurre cuando el amor modifica nuestra forma de mirar el mundo. Después de amar, incluso el paisaje cambia. Cambia el lenguaje, cambia el tiempo y cambia la memoria.

La experiencia personal fue apenas el punto de partida. El trabajo poético consistió en desprenderla de lo anecdótico para convertirla en una experiencia humana. Cuando un poema logra desprenderse de la biografía del autor, empieza a pertenecerle a todos.

Siempre pienso que los poemas encuentran a sus lectores porque ambos están atravesando una emoción semejante, aunque jamás hayan vivido la misma historia.

—Cara o cruz aborda el suspenso, las decisiones y las consecuencias. ¿Qué reflexión busca despertar en quienes leen esta historia?

—Vivimos creyendo que las grandes decisiones son las que cambian nuestra vida. Sin embargo, muchas veces son las elecciones aparentemente insignificantes las que terminan modificándolo todo.

Cara o cruz intenta reflexionar sobre esa fragilidad. Ninguna decisión ocurre en el vacío. Cada elección deja una huella en nosotros y también en quienes nos rodean.

No me interesó escribir una novela que juzgara a sus personajes. Preferí comprenderlos. Ricky, el protagonista de esta historia, se convierte en el verdugo de sus agresores y en una persona que hace justicia por mano propia. Creo profundamente que la literatura debe ampliar nuestra capacidad de entender la complejidad humana antes que reducirla a categorías de buenos y malos.

Si el lector termina preguntándose qué habría hecho él en esa misma situación, entonces la novela deja de pertenecerme. Se convierte en una experiencia propia del lector. Ese es el momento en que la literatura realmente sucede.

—En Una poética Perséfone aparece el simbolismo del renacer. ¿Qué representa para usted la figura de Perséfone y por qué decidió convertirla en el eje de esta obra?

—Perséfone siempre me pareció una figura profundamente contemporánea. Durante mucho tiempo fue leída únicamente como una joven raptada, pero yo encuentro en ella algo mucho más poderoso: la mujer que conoce la oscuridad y regresa transformada.

No vuelve siendo la misma. Tampoco vuelve destruida. Regresa con un conocimiento que solamente puede adquirirse atravesando aquello que duele.

Creo que todos descendemos alguna vez a nuestro propio inframundo. Puede ser una pérdida, una enfermedad, una crisis, un duelo o una ruptura. Nadie sale idéntico de esas experiencias.

Elegí a Perséfone porque representa esa paradoja tan humana: el crecimiento nunca ocurre en la comodidad. Florecemos después del invierno. La belleza del mito reside precisamente en recordarnos que la luz no elimina la oscuridad; aprende a convivir con ella.

Esta obra fue creada mientras transitaba muy recientemente la muerte de mi padre. Al mismo tiempo, escribía la segunda parte de Cara o cruz y, tras esa situación, me bloqueé literariamente. Retomé mis prácticas de escritura matutina y de allí surgió esta obra.

—Tomás Gris habla de la búsqueda de identidad a través del color. ¿Cómo surgió este personaje y qué mensaje espera transmitir a los lectores?

—Tomás nació de una pregunta que considero esencial: ¿qué ocurre cuando una persona intenta descubrir quién es en un mundo que constantemente le dice quién debería ser?

Elegí el gris porque solemos pensar que representa la ausencia. Sin embargo, el gris también contiene todos los matices posibles. Me interesaba cuestionar esa necesidad de clasificarlo todo entre blanco y negro, éxito o fracaso, correcto o incorrecto. El amarillo que acompaña las imágenes de este libro álbum para las infancias, publicado en 2024, acompaña ese contraste porque es el más claro de los colores vivos. La oposición y el acompañamiento del color están pensados en el Sol, la luz y el oro.

No creo que los libros deban transmitir mensajes cerrados. Prefiero pensar que ofrecen posibilidades de reflexión.

Si algo deseo que permanezca después de la lectura es la idea de que la identidad nunca es un lugar al que llegamos definitivamente. Es un territorio que se construye durante toda la vida y que tiene el derecho de cambiar.

—En Elle plantea una mirada sobre el éxito, la libertad y la realización personal. ¿Qué la motivó a escribir esta novela?

—Vivimos en una época donde el éxito parece tener una definición única: producir más, mostrar más y acumular más reconocimiento. Me interesaba cuestionar esa idea.

La verdadera libertad comienza cuando dejamos de vivir según expectativas ajenas y empezamos a preguntarnos qué significa una vida valiosa para nosotros mismos. Eso es lo que se plantea Juan Segundo de Dios Caccia, su protagonista.

Elle nació de esa inquietud. No intenta ofrecer respuestas sobre cómo alcanzar la felicidad. Más bien pone en discusión los modelos que solemos aceptar sin examinarlos.

Creo que una de las funciones más importantes de la literatura consiste precisamente en incomodar aquellas certezas que la sociedad presenta como incuestionables. Cada lector encontrará una respuesta diferente, y eso forma parte de la riqueza de la novela.

—Su poemario Fragmentos de un yo en el jardín de mis yoes es una exploración intensa de la identidad y la memoria. ¿Qué emociones espera despertar en quienes se acerquen a sus versos?

—Más que despertar emociones específicas, espero ofrecer un espacio donde cada lector pueda reconocer las propias.

La memoria nunca es un archivo ordenado. Es un territorio vivo que reescribe continuamente nuestro pasado. También la identidad está hecha de múltiples voces, de contradicciones y de versiones nuestras que dialogan entre sí.

El título habla justamente de esa convivencia. No somos una única persona. Somos la niña que fuimos, los sueños que abandonamos, las decisiones que nos transformaron y también aquello que todavía estamos intentando comprender.

Si alguien encuentra en esos poemas una palabra para nombrar una emoción que hasta entonces permanecía en silencio, siento que la poesía cumplió una de sus tareas más nobles: devolverle lenguaje a la experiencia humana.

Cabe aclarar que esta obra surge luego de Una poética Perséfone, libro que escribí mientras transitaba el duelo por la muerte de mi padre.

—En Reformadas: La revolución del sofá la protagonista atraviesa un proceso de transformación. ¿Cree que la literatura puede convertirse en una herramienta de cambio personal y social?

—Estoy convencida de que la literatura no cambia el mundo de manera directa. Cambia algo mucho más profundo: modifica la manera en que miramos el mundo. Y cuando cambia la mirada, cambian también nuestras decisiones.

Los grandes procesos sociales comienzan mucho antes de convertirse en hechos históricos. Empiezan cuando alguien se atreve a imaginar una realidad distinta. La literatura alimenta, precisamente, esa capacidad de imaginar.

Un libro difícilmente transforme a una persona de un día para otro. Pero puede sembrar una pregunta que permanezca durante años. Puede ofrecer palabras para comprender una experiencia. Puede hacernos sentir menos solos. Puede despertar empatía hacia quien piensa diferente. Esos movimientos, aunque parezcan pequeños, tienen una enorme fuerza transformadora.

Por eso sigo creyendo en la literatura. No porque tenga todas las respuestas, sino porque nos enseña a formular mejores preguntas. Y una sociedad que aprende a preguntarse con honestidad siempre tiene la posibilidad de reinventarse.

De hecho, una nota de color que tiene la obra es que Ángela es una ávida lectora y se expresa a través de la escritura de su diario íntimo. Como profesora en Letras y docente de nivel superior, quise reforzar la idea de que los jóvenes leen y crean otros mundos posibles.

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